Querida Pandora...

No recordaba cuanto tiempo había pasado. Había perdido toda noción. Decidió bajar, a ver como iban las cosas.
Recorrió las calles. Era triste ver como la gente caminaba como en cámara rápida, hablando por celular, demasiado ocupados para notar que no eran los únicos en el mundo. Demasiado ocupados como para vivir. Ella recordaba perfectamente el camino a su casa, y allá fue.
El pasto medio alto, las persianas cerradas, y el portón medio abierto. Se notaba que habían descuidado mucho la casa.
Entró.
Una mujer y un hombre sentados a la mesa, sin dirigirse la palabra, ambos con la mirada perdida y los ojos demasiado cansados de llorar. El tic-tac del reloj era lo único que cortaba el silencio de la casa.
Su madre, con un vaso de whisky en la mano derecha, y un cigarrillo consumiendose en el cenicero.
Su padre, con la mirada perdida en la mesa, sin emitir ningún sonido, excepto por alguna respiración honda.
De repente, la mujer deslizó el brazo bruscamente por la mesa, y con el, el vaso salió volando directo a la pared. Comenzó a llorar, cubriendose el rostro con las manos. El padre la observó con empatía, sin hacer demasiado.
La chica, sin expresión alguna, se dirigió a la escalera.
Una habitación destacaba del resto. La puerta entreabierta con el nombre "Natalia" colgando de un clavo, pintado color rosa y negro.
En su interior, la cama hecha, algunas fotos colgadas de la pared. El piso alfombrado con una capa de tierra, y un poco de ropa tirada por el piso. El tono rosado del empapelado le daba un tono más cálido a la habitación.
Se acercó a la ventana, la abrió, y dejo entrar la luz subiendo un poco la persiana. Un escritorio con varios libros, una lámpara, y un paquete de cigarrillos casi vacío.
Ella recorrió el cuarto con lentitud. Recorrió la cabecera de la cama con los dedos. Sonrió al ver una foto con una amiga suya en la mesa de luz. El familiar olor a jazmín invadió la habitación.
Mientras caminaba por entre los muebles, su pie chocó con un pequeño frasco tirado en el piso. Bajo la mirada, y su rostro se transformó instantáneamente, al ver el frasco con un par de pastillas que habían quedado sueltas.
Bajó corriendo a la cocina otra vez, con los ojos llenos de lágrimas. Su madre, entre los brazos de su padre, ambos llorando desconsoladamente. Un sobre en el piso, a pocos centímetros de ellos, con una carta humedecida por las lágrimas de ambos.

Ella había querido ponerle fin a todo. Ellos no lo iban a comprender. Pero es que ella ya estaba muerta hace tiempo. Su cuerpo rondó por el mundo, cumpliendo una rutina durante meses, sonriendo cuando era necesario, y llorando cuando era inevitable. Pero en silencio. Siempre en silencio.
Porque ella estaba bien, siempre estaba bien, incluso cuando no.