Vivir.

https://www.youtube.com/watch?v=Dq597GL4DfY

Había escrito algo que, por las dudas, sigue guardado, pero que no me convencía, así que empecé de nuevo.

Estoy a unos días de terminar la secundaria. Creo que pude haber pasado por todas las experiencias posibles, y no me arrepiento de nada en absoluto. Pero, no voy a focalizarlo en mí, sino en algo que nos concierne a todos, algo que rige nuestra vida, y de quien nadie puede escapar: el tiempo.

A lo largo de la vida, uno conoce personas que te cambian. Y todo se trata de una secuencia: de una caída.  Siempre hay alguien que te hace caer y golpearte, de la forma más dolorosa y brutal. Siempre hay alguien que pasa por al lado tuyo, mirando, sin hacer nada al respecto. Y hay alguien que te agarra la mano, te levanta, y te hace seguir. Y la vida es eso. Caerse constantemente, y volver a levantarse. La vida son errores y aciertos, son las decisiones más inteligentes, y también las más estúpidas. Es golpearse la cabeza contra la pared mil veces, hasta que entendamos que algo simplemente no tiene que ser. Porque las personas no cambian. Alguien es como es, con todo lo que eso lleva. Y el error está en querer querer a alguien a pesar de los defectos, cuando en realidad, hay que amar con todo y defectos. Y en este momento, se me viene a la mente una persona muy especial que, ahora, se está jugando por amor. Y capaz está mal, y es el peor error de su vida, y que bien que lo sea. Que hermosa sensación acertar, pero que placentero es llorar por el error, y levantarse después para hacer las cosas bien. O volver a hacerlas mal, hasta haber aprendido lo suficiente. 
John Lennon una vez dijo: "La vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo planes". Bueno... yo digo que la vida es eso increíble que pasa, mientras estamos ocupados buscando algo lo suficientemente bonito para llamarlo "perfecto". Y nos extasiamos con esa perfección, hasta que caemos en la cuenta de que... no lo es. Y nos quejamos. Nos quejamos de que nos lastimaron, de que nos usaron. Y lloramos, y gritamos, y rompemos. Y gastamos tanto tiempo, tanta energía, cuando en realidad no hay nada que hacer, excepto seguir. Aprender, y seguir. Y volver a equivocarnos, y volver a intentar, teniendo a quienes se ríen de la caída, a quienes no les importa lo más mínimo tu vida, a quienes se van después de un tiempo, y a quienes te levantan cada vez, que te acompañan y te impulsan a seguir adelante y ser feliz, cumpliendo todos esos sueños que siempre tuviste. Y mientras vivís, el tiempo pasa. Y no se trata de vivir como si murieras mañana. Se trata de vivir sabiendo que tenés todavía muchos años para ser feliz, y equivocarte y acertar.
Si me preguntan hoy de qué se trata la vida, mi respuesta sería esta: Me importa un carajo. Porque da igual de que se trate. Cada vida es una historia, y cada historia tiene su sentido, y es el que nosotros le demos.
Y es así: La gente va y viene constantemente. A veces llega, te cambia la vida y se va. O se queda por mucho tiempo... capaz que para siempre. A veces te decepcionan o te lastiman. En los corazones rondan la solidaridad, la amabilidad, y el amor, pero también el rencor, la envidia y la mentira. Hay que estar preparados para cualquiera de ellos. A lo largo del camino, uno se equivoca. Hay dos formas de tratarlo: aprender y seguir, haciendo que valga la pena el intento... o quedarse atascado, culpando o culpándose. Es vivir aceptando diferencias, diferencias físicas, de ideas, de pensamientos o de religiones. Es ver la vida de diferentes puntos de vista. Es amar lo real por ser real, y no por creerlo perfecto. Es amarnos a nosotros mismos por sobre todas las cosas. Es sonreír con sinceridad, y no para ocultar, y llorar si hace falta. Es dar todo de vos, sin miedo al que dirán o a que te lastimen, porque "si no te arriesgas por miedo al fracaso, ya fracasaste". Es jugarse por lo que uno quiere, por lo que uno ama, porque no hay nada peor que quedarse con la duda del "que hubiese pasado sí...". Es mandar todo a la mierda a veces, o volver a intentarlo hasta aprender.

Es eso, vivir.

Querida Pandora...

No recordaba cuanto tiempo había pasado. Había perdido toda noción. Decidió bajar, a ver como iban las cosas.
Recorrió las calles. Era triste ver como la gente caminaba como en cámara rápida, hablando por celular, demasiado ocupados para notar que no eran los únicos en el mundo. Demasiado ocupados como para vivir. Ella recordaba perfectamente el camino a su casa, y allá fue.
El pasto medio alto, las persianas cerradas, y el portón medio abierto. Se notaba que habían descuidado mucho la casa.
Entró.
Una mujer y un hombre sentados a la mesa, sin dirigirse la palabra, ambos con la mirada perdida y los ojos demasiado cansados de llorar. El tic-tac del reloj era lo único que cortaba el silencio de la casa.
Su madre, con un vaso de whisky en la mano derecha, y un cigarrillo consumiendose en el cenicero.
Su padre, con la mirada perdida en la mesa, sin emitir ningún sonido, excepto por alguna respiración honda.
De repente, la mujer deslizó el brazo bruscamente por la mesa, y con el, el vaso salió volando directo a la pared. Comenzó a llorar, cubriendose el rostro con las manos. El padre la observó con empatía, sin hacer demasiado.
La chica, sin expresión alguna, se dirigió a la escalera.
Una habitación destacaba del resto. La puerta entreabierta con el nombre "Natalia" colgando de un clavo, pintado color rosa y negro.
En su interior, la cama hecha, algunas fotos colgadas de la pared. El piso alfombrado con una capa de tierra, y un poco de ropa tirada por el piso. El tono rosado del empapelado le daba un tono más cálido a la habitación.
Se acercó a la ventana, la abrió, y dejo entrar la luz subiendo un poco la persiana. Un escritorio con varios libros, una lámpara, y un paquete de cigarrillos casi vacío.
Ella recorrió el cuarto con lentitud. Recorrió la cabecera de la cama con los dedos. Sonrió al ver una foto con una amiga suya en la mesa de luz. El familiar olor a jazmín invadió la habitación.
Mientras caminaba por entre los muebles, su pie chocó con un pequeño frasco tirado en el piso. Bajo la mirada, y su rostro se transformó instantáneamente, al ver el frasco con un par de pastillas que habían quedado sueltas.
Bajó corriendo a la cocina otra vez, con los ojos llenos de lágrimas. Su madre, entre los brazos de su padre, ambos llorando desconsoladamente. Un sobre en el piso, a pocos centímetros de ellos, con una carta humedecida por las lágrimas de ambos.

Ella había querido ponerle fin a todo. Ellos no lo iban a comprender. Pero es que ella ya estaba muerta hace tiempo. Su cuerpo rondó por el mundo, cumpliendo una rutina durante meses, sonriendo cuando era necesario, y llorando cuando era inevitable. Pero en silencio. Siempre en silencio.
Porque ella estaba bien, siempre estaba bien, incluso cuando no.

Querido Reflejo...

(...) Se sentó en la alfombra de su cuarto, con la vista perdida en su reflejo en la ventana. Se veía ahí, tan fuera de sí, tan perdida y tan confundida. Abrazaba a la música como si fuera su psicóloga, aconsejándola a través del auricular. Cerró los ojos, aspiró un poco de cigarrillo, y largó el humo, observándolo detenidamente.

Lo quería, y lo quería mucho. Pero era tóxico y totalmente opuesto. Ella era blanco, él era negro. Ella era sí, él era no. Y ella estaba harta de esa estúpida creencia de que "los opuestos se atraen". Porque el ying-yang no son dos personas. Es una. Con su lado bueno, y su lado malo. Y es así. "Acéptenlo" pensó. Aspiró cigarrillo. Agarró el celular. Mensaje de él. Puso los ojos en blanco, y siguió en su mundo.

¿Qué hacer? Cuando se quiere, pero no hace bien. Cuando se está, y es por deber. Cuando, aunque existe el amor, por alguna razón no se quiere. 

Suena el celular.

Mensaje de ÉL. No sabía por qué, porque no eran nada... nunca había pasado nada. Pero ÉL le importaba. Lo quería por la forma en la que la hacía sentir. De repente, alguien en el cuarto le habló.

— No entiendo que otro pretexto estás  buscando. ¿Que arruine todo, otra vez, y tener más motivos para no quedar como una mala persona?

Era una chica igual a ella, un poco más pálida. Con ojeras, por el cansancio. Estaba sentada al lado de ella, pero un poco más lejos. Se movían a la par, con diferencia de palabras.

— No es por quedar como una mala persona. Es porque no quiero sentirme como si lo fuera...  — le respondió.

La muchacha largó la carcajada.

— ¿Ahora está mal pensar en uno mismo? — preguntó.
— Estaría siendo egoísta... me necesita.
— No es egoísmo, es amor propio. Él te necesita, pero vos necesitas ser feliz. 

Ella se quedó pensando, muda, mirando a la muchacha que había aparecido hacía poco menos de cinco minutos. El celular sonó... otra vez.

— Ahí tenes. Mirá el mensaje, a ver quien es.

Ella miró el remitente. Sonrió.

— Já, como se te nota. ¿Ves? Esa es la diferencia, entre la atención y la asfixia. Es una mínima línea, que al cruzarla, se vuelve una gran diferencia. Te conocés, te conozco — le dijo la muchacha.

Ella la miró, resignándose.

— Es una calesita de la cual, por alguna razón, no me puedo bajar — le dijo a la muchacha, con los ojos llenos de lágrimas.

— Corazón, cuando crezcas te vas a bajar. Las calesitas son para nenes. Ya estamos grandes para juegos, ¿no? Tener amor propio, no es ser egoísta. Es pensar en tu bien, en tu futuro. En lo que merecés. A veces, da la casualidad que se quiere lo que no merecemos. Ya la pasaste mal. ¿Qué estás esperando para dejar todo lo tóxico y darte cuenta que necesitas ser feliz? ¿Necesitas que te usen como lo hicieron?

Ella rompió en llanto. Sabía lo que era ser usada, confiar y que te rompan el corazón en pedazos como si fuera de papel. Estaba volviendo a equivocarse, y lo sabía. Pero era un círculo vicioso del cual no podía salir. Era adicta. Por alguna razón, no podía. 

— Llorar no sirve. En su momento, todo lo malo me tocó a mí. Me mirabas, me decías que me odiabas, que por mi culpa no te querían. Pero, ¿yo que puedo hacer? Sólo decirte lo que se ve. Estás eligiendo ser infeliz por un error. Estas eligiendo equivocarte. 

Volvió a sonar el celular. Ella lo agarró. Eran cuatro mensajes. Tres de el. Y uno de ÉL.

— No me quiere. Lo dejó en claro. O por lo menos, no nos queremos de la misma forma. Le importo, me importa. Solo que no es... igual. No es mutuo.

La muchacha puso los ojos en blanco, exasperada, como si estuviera escuchando pretextos de una nena de catorce años.

— Una vez leíste un libro, "Abzurdah". ¿Te acordás? Bueno. Te lo cito: "Aprendé a estar sola, nacemos y morimos solos". No se trata de uno o el otro. Se trata de lo tóxico, o vos. De amar, o amarte. El está, ÉL también. Te ayudan y aconsejan. Tal vez no de la mejor forma, tal vez no de la que querés... pero lo están. Lo triste es que, estás tan enfocada en que ÉL te quiera, que dejas de quererte. Dejá de buscar ayuda, y ayudate a estar bien, a ser feliz. Porque es hermoso cuando sonreís. Y capaz estás angustiada pensando que hacer, y lo dejás a ÉL sin esa sonrisa que es lo que más le gusta de vos. Y vos no lo sabes.

Ella se congeló. La muchacha tenía razón. Miró por la ventana, y al volver la vista, la muchacha se había ido. Sólo estaba su imagen ahí, en un cristal enmarcado. Se movía a la par, hablaba a la par. Sólo era su espejo. Su reflejo. (...)

Queridos Padres...

"No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos"
- Johann Christoph Friedrich von Schiller 


Creo que no van a saber de lo que hablo, a menos que hayan pasado por algo parecido.
Vengo a escribir ésto para desahogarme. Para, en algún momento, releer ésto y saber que pude superarlo, que pude crecer con todo esto a cuestas. Cualquier persona es libre de leerlo, sin juzgar.

Ésto empezó hace año y medio... por Marzo del año pasado (2014). Mi familia estaba en un momento económico bastante delicado (como de costumbre...) y, por dicho motivo, tuve que mudarme con mi papá. Desde ya aclaro que mi relación con el, nunca fue buena. Es una persona bastante... ¿intensa? Es irónico, porque llamarlo "intenso" es ser suaves. En fin...
Nunca nos llevamos bien. Pero, sacrificios, ¿saben?
Estuve desde el 26 de abril hasta el 25 de mayo con él, y les puedo jurar que nunca la pasé tan mal. Jamás en mi vida me sentí tan sola.
El 23 de mayo volví a mi casa, y no resistí el llanto. Quería volver a mi casa. A mi familia. Pasé el fin de semana y volví a lo de mi papá a buscar mis cosas. Cuando llegué, le planteé la situación, le pedí que entendiera que no era feliz, que no estaba bien. Discutimos, agarré mis cosas y me fui.

No tuve a mi papá desde ese 25 de mayo, hasta mediados de noviembre, cuando me citó para hablar. Fui y arreglamos las cosas. Días después lo llevaron al hospital por un problema de salud. Yo estuve para él como si nunca hubiese habido una distancia.

Hace aproximadamente dos meses, un miércoles, fui a visitarlo y a buscar una plata que tenía que darme. Llegué, y estaba mi papá borracho, tirado en mi cama. Entré, discutimos, peleamos, me gritó e insultó. Agarré la plata, y me fui llorando. Al día siguiente, me llegó su mensaje pidiendo disculpas.

El viernes siguiente fui a la casa a la noche. Para ambientarnos... su "casa" es un departamento. Que... no tiene mucho de departamento en realidad. Es un recibidor, donde hay una cama para mí, conectado a la cocina, un baño, y su cuarto. No hay calefacción. Solo un caloventor, el cual tengo prohibido usar.
 Hacían 8ºC aprox. Estaban todas las ventanas abiertas, y yo resfriada. Cuando llegué, lo primero que hice fue escuchar un reclamo por la hora a la que había llegado. Puse la mesa, y comimos. Hubo una discusión en el medio, unos golpes a la mesa y unas patadas al horno. Hacía un frío de morirse, más que afuera incluso. Otra discusión fue cuando me quejé de lo helada que estaba, y su respuesta fue: "En Bariloche también hace frío... así que andá ambientandote". Una hora después, estaba llorando en mi cama, sin que él supiera.

Al rato, se fue a lo del vecino a jugar a las cartas. Fue entonces cuando llamé a mi mamá para avisarle que me iba para casa, que me tomaba un auto y me iba de ahí.
Y así fue... sin que él supiera.

Desde entonces, volvió a borrarse, a excepción de un par de mensajes con insultos y alguna que otra amenaza.


-

¿Por qué escribo esto?
Para que, aquellos que siempre se quejan de lo insoportables que son sus padres con que se cuiden, con que no tomen frío, con que vuelvan temprano... sepan lo feo y triste que es que una de las dos personas que (teóricamente) más te tiene que amar, no le importes. Y la bronca e impotencia que da cuando se lo contás a alguien cercano y te digan "Pero sí te quiere... pasa que se equivoca". No saben la bronca que da saber, vivirlo, sentirlo, y tener bien en claro que, en realidad, NO LE IMPORTAS. Porque un lazo de sangre, no significa nada. Porque hay gente que es resentida, que es mala, y que no sabe amar... seas el hijo, el padre, el abuelo o el nieto. Hay gente mala, y es así. Y les puedo jurar, que no hay nada más triste en el mundo que sentir el rechazo o el desprecio de alguien como tu mamá o tu papá. "La familia es lo primero. Tus padres son a quienes vas a recurrir cuando tu mundo se derrumbe. Son tu refugio" Y no lo son. Y se siente un vacío en el pecho que no se llena con nada. Porque da igual que estén juntos o divorciados, que sean adoptivos, que sean biológicos. No hay cosa como la caricia de una madre, o el abrazo de un padre.

A los que los tienen a ambos presentes, cuídenlos. Porque no hay nada, NADA más triste en el mundo, que no tenerlos. Porque todos sabemos que no sabemos lo que tenemos, hasta que lo perdemos. Que no se aplique acá.


Querido Pasado...

Es cuando menos lo esperas que pasa. Cuando la vida te golpea demasiado fuerte, lo único que queres es empezar de nuevo y olvidar todo. Ser una persona diferente y seguir adelante. Aprendiendo a olvidar y a perdonar. O al menos queriendo llegar a eso. Pero te das cuenta que es imposible. Que el dolor que llevas dentro no se puede arrancar solo con decirlo, ni poniendo un límite de tiempo para que sane el alma.
Y es cuando comprendes eso que maduras y superas, de un momento a otro. Es irónico y estúpido, pero es real. Dicen que la aceptación es el segundo paso de la superación.. y es cierto. De repente miras fijo a un punto, sos sincero con vos mismo, y aceptas que no.. que no superaste absolutamente nada, que ese puto dolor sigue ahí, que estás frágil como un jarrón de porcelana, y que no olvidaste nada de lo que pasó. Y es que olvidar no es la solución a nada. RAS: Recuerda, Acepta, y Sigue. Es así, siempre.
Y en ese momento, cuando aceptaste todo y te das cuenta que no sos indestructible, es ahí cuando frenas un segundo y te das cuenta que en realidad si superaste la situación, solo con aceptar tu vulnerabilidad. A veces, intentando olvidar, solo mantenemos el recuerdo de eso que nos hizo tanto mal siempre presente. Y cuando dejas ir, notas que sos libre.. de alguna forma metafórica y figurativa. Hoy entendí, acepté y perdoné. Porque nadie cambia el pasado, pero si puedo forjar mi futuro. Y seguir con bronca y resentimiento, no.. yo no elijo eso. Y las lágrimas que ahora recorren mi cara no son de tristeza, sino de orgullo. Orgullosa de mi, de quien soy y de quien voy a ser. Por que se que voy a ser feliz.
Y en este preciso momento, lo soy.

Querida Lola...

Mi nombre es Lola. Tengo veintisiete años, y me compraron en una juguetería de Capital.  Fui el regalo de Cami cuando cumplió tres años. Sus papás le dijeron que, mientras yo estuviera con ella, nada malo iba a pasarle, y que si alguna vez tenía miedo, me abrazara muy muy fuerte.
Recuerdo la primera vez que me guardó en su mochila. Tenía un cuaderno decorado con flores, y una bolsita amarilla, con un mantelito, una servilleta, y un paquete de galletitas. Después de un par de horas me presentó a Franco, Felipe y Paulina, quienes tenían un oso de peluche, un soldadito y una muñeca Pepona, respectivamente. Jugamos un rato largo, hasta que llego la hora de la merienda. Yo volví a la mochila, y salieron la bolsita y las galletitas. Se escucharon las estrofas de una canción acerca de una bandera y volvimos a casa.
Cami me paseaba abajo del brazo por todas las habitaciones, cantándome canciones y contándome secretos. Le gustaba Felipe, el nene que tenía el soldadito de plástico, pero me decía que no podía decírselo. Cuando el reloj daba las nueve, me sentaba al lado de su plato para cenar. Sus papás siempre la retaban, porque ella me ponía un plato de comida, y no entendía que yo no podía comer. Hasta que se daban por vencidos y se limitaban a sonreírle.
Me encantaba pasar los días con ella, pero la mejor parte era cuando anochecía. Cami salía de bañarse y se ponía su pijama. Yo me quedaba al lado de ella mientras la mamá le secaba el pelo. Cuando terminaba, mi mejor amiga volvía a agarrarme y a colocarme bajo su brazo, y contenta y a los saltos se iba a la cama. Se acostaba, tapándose con la sábana y la frazada color rosa que la cubría, y la mamá venía a contarle un cuento sobre aventuras que inventaba sobre mí. Cuando Cami finalmente se dormía, me abrazaba muy fuerte, me deseaba las buenas noches, y nos dormíamos las dos. Así fueron todos los días durante unos dos o tres años más, hasta que todo comenzó a cambiar.
Cami ya no usaba guardapolvo. Ahora tenía camisa, corbata, pollera y zapatos. Se despertaba más temprano, y me metía en la mochila como siempre... sólo que, ahora, iba un poco más apretada. Habían varios libros y cuadernos. Depende en que bolsillo me metiera, me encontraba con una billetera o con su almuerzo. Pero, con el pasar de los meses, dejó de guardarme en su mochila.
Al despertarse, hacía la rutina de cada mañana: iba al baño, volvía al cuarto a cambiarse, y bajaba a desayunar, con sus ojos brillando como siempre. Sólo que, ahora, yo observaba todo desde la almohada.
Un día trajo a Paulina a casa. Estaba más alta y tenía el pelo más largo. Le contaba a Cami que le gustaba Franco, el chico del oso de peluche de hace unos años. Al parecer nunca se habían distanciado. Paulina se quedó a dormir, y Cami me puso en un estante para que no me tiraran sin querer. Vi como jugaban y se contaban secretos. Cami estaba más grande... ya tenía siete años.
Mientras ella no estaba en casa, yo me quedaba en la almohada. Veía como la mamá entraba y acomodaba todo el cuarto, y me dejaba siempre en el mismo lugar. Los peluches fueron reemplazados por libros y cada vez más cuadernos. Los posters de Barbie, por posters de bandas que estaban de moda en ese momento. Y su colección de figuras de plástico de películas de Disney, fueron guardadas en una caja y reemplazadas por una gran colección de esmaltes, delineadores, y portacosméticos.
Una tarde, vi que Cami se despertó un poco más tarde. Tenía una remera de muchos colores con su nombre en la parte trasera y el año "2009" bordado. Estaba muy contenta. Era lindo ver como Cami crecía tan rápido. Yo, ahora, veía todo desde un estante de la habitación, recostada sobre unos libros de cuento que su mamá le leía cuando Cami era chiquita.
Con el pasar del tiempo, yo me fui llenando de polvo y la habitación fue cambiando. El tapiz que era rosa, se volvió verde marino. Los libros de cuento fueron reemplazados por libros más gordos con números raros y, posiblemente, con cuentos más largos. Habían cuadernos y hojas abrochadas por toda la habitación.
En su cómoda habían fotos de ella abrazada con un chico alto, rubio y de ojos claros. Había un oso blanco de peluche que sostenía un corazón rojo carmín con las palabras "Te Amo" bordadas en el centro. Al parecer Cami tenía novio.
Recuerdo ese sábado por la mañana. Cami tenía colgado en la esquina de su cama un calendario con el 19 de Septiembre resaltado con remarcador rosa. Se despertó rápido, se bañó, y empezó a preparar zapatos, aros, anillos, una corona color plata en el centro de su cómoda, y una bolsa enorme apoyada en el respaldo de su silla. Cuando ya estaba anocheciendo, llegaron dos mujeres con un bolso cada una. Cami, muy contenta, se sentó frente a su espejo, y una de ellas comenzó a peinarla, mientras que la otra, la maquillaba. Cuando cada cual terminó con su tarea, Cami sacó de la bolsa un hermoso vestido rosa. Se vistió y se calzó sus zapatos. Se abrazaron las tres, y bajaron al recibidor.
Había pasado un poco más de dos años cuando, una tarde, Cami entró llorando al cuarto, y empezó a romper todas las fotos que tenía con el chico rubio que, hacía poco había descubierto, se llamaba Pablo. Se tiró a la cama, me buscó en la repisa, me abrazó muy fuerte, y largó el llanto de nuevo. Su celular no dejaba de sonar, pero ella no le prestaba atención. Estaba muy triste.
Tiempo después, una valija apareció en el medio de su cama, llena de buzos, camperas, pantalones, y ropa rara de diferentes colores. Sus papás la abrazaban y le decían, reiteradas veces, que se cuidara y llamara todos los días. Cami volvió diez días después, con un resfrío bastante importante.
En éste momento, me encuentro en una nueva mochila. Hace unos días Cami me encontró en una bolsa en el fondo de su placard. Me limpió, me peinó, y me envolvió. Cuando volvieron a abrir mi caja, una nena de tres años me agarró torpemente, y me sonrió. Era parecida a Cami cuando era chica. Lola, la nena, me presentó a Cami como si no la conociera, y a Felipe, su papá. Era el mismo nene de jardín que jugaba con el soldadito de plástico. Ayer Lola me trajo a una sala donde conocí a Lucas y Victoria, sus amigos. Hay nuevas galletitas, nuevo mantel, nueva servilleta y nueva nena, pero esa alegría la conozco... que lindos son los niños.

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Ésto comenzó como una tarea que tenía como objetivo escribir una alegoría sobre como una niña pasa por cada etapa del colegio... pero terminó siendo más que eso. Gracias Profesor Cardiff por la oportunidad de escribir ésto que, para mí, fue muy importante.

Queridas Yo...


 "Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna"

- Oscar Wilde


 Creo que todos pasamos por ese momento en el que nos encontramos en el medio de la nada, sin saber que hacer ni qué ser. Lo peor de todo es que a veces pasa que no nos queremos, que desearíamos ser cualquier otra persona en el mundo, menos nosotros mismos... por diversas razones.

 Querida yo de mi infancia... ¿te acordas cuando llorabas porque veías a mamá y a papá pelearse? Porque eras chiquita y te sentías impotente, porque no había nada que pudieras hacer. ¿Te acordás cuando eras gordita, y la gente te cargaba por eso? Y vos llorabas, porque no tenías forma de cambiar eso. Eras chiquita para tomar decisiones tan grandes. ¿Te acordás cuando querías ser veterinaria? Pero también querías ser doctora, abogada, periodista. ¿Te acordás cuando querías dejar de ponerte el dedo en la boca? Y llorabas porque papá te decía que eras una nena grande y tonta, porque las nenas inteligentes no se metían el dedo en la boca. ¿Te acordás cuando te gustaba ese nene en el colegio, y el no gustaba de vos? Y te ponías mal porque te habían roto tu corazoncito. ¿Te acordás cuando una amistad dependía de una galletita? Y a veces se enojaban con vos porque no compartías.

 Querida yo de hace un tiempo.. ¿te acordás cuando tuviste que separar a mamá y a papá de que se mataran mutuamente? ¿de cuando quedaste desmayada en el piso? Porque ya no podías soportar tanta paranoia y dolor a tu alrededor. ¿Te acordás cuando te lastimaste para poder callar a esas personas que te llamaron "gorda"? Y vos quisiste cambiar tu forma de ser y ver, solo para no llorar. ¿Te acordás cuando querías ser doctora, solo porque siempre te dijeron que así ibas a tener plata? Pero a vos lo que más te gusta es escribir. ¿Te acordás cuando dejaste de ponerte el pulgar en la boca, para introducir en su lugar el índice y el medio? Y llorabas a escondidas porque sabías que lo que hacías estaba mal. ¿Te acordás cuando entregaste tu corazón por completo, y lo rompieron en pedazos sin importar como te sentías? Y vos llorabas, porque la persona en quien más habías confiado, te había lastimado. ¿Te acordás cuando las amistades se rompían por mentiras? Y vos estabas llena de impotencia, porque tu "mejor amiga" llegó a odiarte, sin razón alguna.

 Querida yo del presente... ¿qué se siente saber que sos quien siempre quisiste ser? No perfecta, sino real, y perfecta para tu mente y tu corazón. ¿Qué se siente quererte así? Saber que mamá y papá se pueden odiar y a vos te da igual, porque entendes que son grandes para solucionar sus problemas solos, y que no sos escudo de nadie. Saber que te aceptás en cuerpo y alma, y que da igual lo que la gente diga de vos, porque si viven de críticas, es porque su vida no les es suficiente. No saber qué hacer de tu vida pero tener en claro que, decidas lo que decidas, va a ser porque vos lo decidís, no otros. Saber que sos sana, que estás bien con tu forma de ser, y que te queres por quien y como sos. Saber que querer está bien, y amar también, pero que el corazón y la cabeza tienen que ir de la mano, y que el amor propio va por sobre todas las cosas. Saber que tenes al lado a las mejores personas que la vida pudo haberte regalado, que te hacen feliz día a día, y comparten con vos tu vida.


Porque hoy soy la mejor versión de mi misma, soy quien siempre soñé ser, aceptando mis aciertos y errores, virtudes y defectos.
Y juro que soy feliz.


Querida yo, soy tan feliz.

Queridos Fantasmas: ¿por qué?

"Hasta tu sombra te abandona, cuando estás en la oscuridad".

Me gustaría dedicarle ésto a todas esas personas que, en su momento, fueron incondicionales para mí. A esas personas que quise más que a nada en el mundo, por quienes hubiese dado hasta mi vida. Por quienes arriesgué todo por lo menos una vez. A esas personas que prometieron e incluso juraron un "para siempre", que prometieron ser mi soporte, estar presentes ahí en cada momento, en cada golpe, en cada caída y en cada alegría. A ustedes, personas, a ustedes me referiré como fantasmas.

  Queridos fantasmas... ¿por qué mienten? Los invito a que sientan empatía por un segundo... que se pongan en mi lugar, en el lugar de esas personas a quienes dejaron de lado, que abandonaron durante su recorrido, incluso cuando más las necesitamos. Quiero saber la razón, el por qué. Creo que, últimamente, la gente no sabe lo que promete cuando lo hace.
  Hay momentos en la vida en que necesitamos un soporte, una mano, un hombro del cual agarrarnos. Todos tenemos nuestros momentos de debilidad. Después de todo, todos somos seres humanos. Creo en la fortaleza, creo en el carácter, creo que uno se vuelve fuerte con los daños, y no con los años. Sin embargo, en carne propia experimenté esa famosa "explosión" interna que sufre una persona.

  Les pediría que cerrasen los ojos, pero les resultaría imposible llevar a cabo el ejercicio, ya que no podrían leer lo que estoy a punto de escribir:

  Confianza, amor, cariño... son, creo yo, los sentimientos más puros que un ser humano puede ser capaz de experimentar. Esa sensación de entrega absoluta, esa adrenalina de saber que, por él o ella... darías hasta la vida. Porque su felicidad es, incluso, más importante que la tuya. Porque está por sobre todas las cosas en éste mundo. Querido amigo, compañero, hermano, amor... por vos doy todo. Daría la vuelta al mundo si hiciera falta para encontrarte, y así asegurarme de que te encuentras bien, feliz. Te demuestro día a día, a pesar de mis errores y defectos, de todas las formas posibles, el amor incondicional que te tengo. Tal vez no lo hago con mucha frecuencia, o por el contrario, lo hago demasiado. Son esos detalles, esos "Buenos días, ¿cómo te sentís hoy?" los que marcan la diferencia. Es esa palmada en la espalda cuando sé que hay algo que te perturba. Es esa sonrisa que te dedico cuando estás llorando, con la esperanza de darte paz, tranquilidad y fe... fe de que todo va a mejorar. Y así, comienza una amistad, e incluso un amor. Lazos que se crean y se fortalecen con el tiempo, las palabras, y los hechos.
  Pero el tiempo pasó... y cada vez te alejas más de mí. Noto que ya no hablamos con frecuencia, y que incluso, divulgaste las cosas que te confesé, confiando en vos y en tu silencio. 
      Y ahí está, ahí aparece. Ese nudo en la garganta, esa angustia, ese dolor y esa tristeza de saber que, otra vez, me fallaron. Y me fallaste vos, que eras la persona en quien más confiaba. Y lo único que puedo hacer en éste momento es llorar, porque la decepción es de los sentimientos más dolorosos que el corazón puede experimentar. Porque, a pesar de los errores y altibajos, yo di lo mejor de mí para que pudieses sonreír. Pero una vez más, caí. Y ahí está ese dolor en el pecho que, seguramente, no me va a dejar dormir.
  Y aunque hayan pasado meses, se en lo más profundo de mi alma, que siempre habrá una canción, un lugar, un objeto, un sonido, e incluso un aroma, que traiga tu imagen a mi mente. Y ahí será cuando yo, inevitable e inconscientemente, empezaré a llorar, recordando todo lo que vivimos, y haciéndome esa pregunta que se que nunca vas a responderme:
¿Por qué?

  Queridos fantasmas: éste es el dolor que experimentamos cuando ustedes, que prometen siempre estar, en las buenas y en las malas, apoyarnos incondicionalmente, simplemente... se van. Porque somos conscientes de que podremos tener malas actitudes, defectos y malos días, pero nada se compara con ese dolor en el pecho causado por la decepción. Porque sabemos que, una vez más, estamos solos.

   Ahora, hablando de mí.
  Éstos últimos tres años perdí mucha gente, y gané otra. Sinceramente, no me arrepiento de nada de lo vivido, aunque me haya hecho llorar e incluso cometer locuras que nunca imaginé. Me gustaría mucho entender por qué... ese mejor amigo con el que prometimos nunca distanciarnos, se fue. Por qué, ese muchacho rubio con el que fuimos amigos, me juzgó durante el último año y, sin embargo, meses atrás, pidió mi consejo. Vale aclarar que, semanas atrás, de forma "directa" (en realidad, un twit sin mencionarme), dijo que cambié mucho por caerle bien a cierta gente, y eso lo decepcionó. Me gustaría saber por qué, la persona a que le entregué mi corazón por completo hace casi dos años atrás, me lastimó de la forma más cruel, jugando con mis sentimientos y dignidad. Me gustaría saber por qué, ese chico morocho que me llamaba "mejor amiga" y me decía que me amaba como a nadie, en la noche más especial para mí (como fue la noche de mis quince años) se dedicó a criticarme por twitter, sin nunca ir de frente. Vale aclarar, nuevamente, que a pesar de que me acerqué reiteradas veces, charlamos y se disculpó, nunca más volvimos a hablar. Dos meses atrás, hablé con él sobre el asunto. Mi estado no era el mejor, pero dije todo totalmente consciente. "Arreglamos" las cosas. Sin embargo, a pesar de cruzarlo al menos tres veces cada día en el colegio, y a pesar de haber dicho que todo iba a volver a la normalidad, no me dirige la palabra. Me gustaría saber por qué, esas amigas que se hacían llamar hermanas y que prometían nunca faltarme, hoy... no están. Me gustaría saber el por qué de tantas ausencias... que me llevaría horas preguntar por cada una de ellas.
  Sólo pido una explicación, el por qué su "traición", porque es el día de hoy que me acuerdo de cada uno de ustedes, y me duele en el alma no saber el por qué.

Queridos fantasmas, díganme por qué.

Querido Espejo...


   Que complicado es empezar a veces. Esto es, creo, una de las cosas más profundas y sinceras que voy a escribir. Será que es dedicado a una de las personas más importantes para mí, que más influyen en mi vida, mi humor, y mi forma de ser.

  ¿Cómo se le llama a esa persona que te llena? Creo que no necesariamente tiene que ser un amor. O tal vez sí, pero no una pareja, ni el amor de tu vida. A veces sólo basta con que sea tu cable a tierra, quien te guía y te acompaña. Capaz es alguien que aparece de imprevisto, por casualidad, de la manera más extraña. Tal vez es alguien que conoces de la forma más común. También puede ser esa persona con quien llegues a casarte, tener hijos y la vida más feliz. Puede llegar a ser la persona que más odies en el mundo, por la simple razón de que no tienen nada en común... o tienen tanto, que chocan por tener los mismos defectos. Tal vez llegue a ser tu mejor amigo en ésta vida, y se quede al lado tuyo por los siglos de los siglos, se sienten cuando ya sean mayores de edad en el patio a tomar mate, e intentar recordar como empezó todo. O puede ser alguien que llega, te choca contra la realidad, te baja del cielo, y se va.

  Sea como sea, creo que todos tenemos ese ser que nos completa de alguna forma, tanto para bien como para mal. Esa persona en quien podemos confiar plenamente, que saca lo mejor... y lo peor de nosotros. Esa persona cuya prioridad no es tu felicidad, sino la sinceridad. Muchos dicen que la ignorancia es felicidad... y es así. Pero Ésa persona, no es quien va a engañarte para que sonrías. Es quien va a ir de frente, decirte todo lo que tenga que decir, y sacar a la luz hasta la emoción más profunda de tu ser, aunque no sea la mejor.

  Esas personas pueden o no... ser para toda la vida. Pero su recuerdo permanece ahí, para siempre. Son espejos, espejos de nuestra esencia, reflejos de lo que nos gusta y disgusta. Porque, aunque quieras engañarte, o mentirte... el reflejo nunca lo hace. El espejo siempre te muestra la verdad de tu ser.



Ahora, Mi Querido Espejo, me dirijo únicamente a vos.
A vos, que llegaste de imprevisto hace aproximadamente un año, que apareciste para moverme todas las estructuras, abrir mi mente y hasta hacerme dudar. Que abriste puertas que nunca vi, que me enseñaste a quererme. Querido espejo, que me alienta cada día a hacer ésto, que es lo que más me gusta en el mundo: escribir.
Querido espejo, que en su momento dio vuelta mi vida, y llegó a confundirme. Que con vos encontré sentimientos en su momento, aunque hoy lo llevamos de otra forma. Que con vos aprendí a sobrellevar y superar situaciones. A vos, que me hiciste crecer y aprender. A vos, que me diste un apodo tan raro e ilógico, que sólo vos podrías haberlo puesto así. A vos, que me mostras constantemente mis luces y mis sombras, que me escribiste un tema...  tema. A vos, que a pesar de todo, seguís ahí. A vos, que me enseñaste a querer e incluso amar de una forma muy particular y única...
A vos, querido espejo, gracias por ser mi soporte, mi estímulo, mi aliento y mi paz.

Simplemente gracias por existir.

Página VIII.

Abril, 1985.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Calle Florida.


 Un calor insoportable, teniendo en cuenta que era Abril y no Marzo. Día totalmente seco. Me acuerdo que iba a mil con unas bolsas. Venía de comprar ropa de invierno y cosas para la casa. No la voy a hacer muy larga, porque no hay mucho que contar. Solo sería una adición al relato, como un anexo.
Iba apurada, porque tenía cosas que hacer todavía, caminando por Florida. Me encantaba pasar por ahí, por la cantidad de vidrieras que hay. Y lo ví, era él. Flaco, con el pelo más corto, incluso que aquella vez después de su "desaparición". Me frené y lo seguí con la mirada, aunque fui incapaz de articular palabra. Él no me reconoció.



Septiembre, 1996.
La Boca, Ciudad de Buenos Aires.
Café "El Estaño 1880".


 Tenía que ir a Constitución para tomarme el tren y volver a casa. Había una cantidad de gente inmensa. Imposible de caminar. Creo que era un Lunes, a eso de las cuatro de la tarde. No se por qué tanto tumulto sinceramente. Miraba vidrieras a más no poder, mientras iba por Aristóbulo del Valle. Y tenía mi santa costumbre de mirar por las ventanas.
Estaba ahí, sentado, tomando un café con una mujer. Alta, delgada, de pelo negro hasta la mitad de la espalda. Él.. igual de flaco, aunque con el pelo un poco más largo. Lo miré por la ventana durante un minuto más o menos, como en esas películas de amor en las que el ex ve a la mujer con su actual y se le rompe el corazón en un momento de nostalgia.. aunque no tan dramático. Volví a mirar a la calle, y seguí rumbo.

Página VII.

 No quiero contar mucho de la charla. No porque sea algo íntimo (aunque lo es), sino porque me trae recuerdos tristes. Lo que sí puedo confirmarte, querido lector, que ese negocio "turbio" en el que Pablo estaba, era ese que se te vino a la cabeza cuando leíste la página anterior: Pablo andaba en algo relacionado con la droga. No, no consumía. Lo sé. Sino que era el "camello". Se me heló la sangre cuando lo vi asentir con la cabeza ante mi pregunta. Me dolió mucho el pecho, aunque no estaba muy segura de por qué. Era miedo, por saber que yo estaba al lado de alguien como él. Eran nervios por no saber que era lo que en realidad le había pasado. Era tristeza, por saber que él no era una mala persona, sino una buena persona en un mal negocio. Creo que en ese momento me dieron muchas ganas de desmayarme. No sabía que hacer tampoco. No sabía si abrazarlo, si llorar, si gritarle, o irme corriendo. ¿Cómo se reacciona ante algo como eso?
 Me tranquilicé y hablamos del tema. Como dije antes, no voy a contar sobre la charla, porque también sería develar cosas sobre su privacidad. Y aunque su identidad no está revelada en éste escrito, no me siento cómoda exponiéndolo de esa forma. Después de todo, yo lo amaba. Profundamente.

 Estuvimos ahí sentados un buen rato, hablando, aclarando las cosas.

— ¿Vamos yendo? — me preguntó.
— Sí.. ¿a dónde vamos?
— Vos venís a casa, conmigo —.

 Y bueno.. fuimos. Lógicamente no voy a hablar de esa noche porque, por favor, nadie con un poco de sentido común lo haría. O tal vez sí, pero, teniendo en cuenta que esta historia es real, y es mía, es sacar a la luz mi intimidad, y la de Pablo.. así que preferiría que quedara en manos de su poderosa imaginación.

 Al día siguiente nos despertamos, y yo me encargué de hacer el desayuno. A las once cursaba, así que tuve que hacer medianamente rápido el asunto de las tostadas y el café con leche.
Pablo me llevó a la facultad. Eran un par de horas igual.

— ¿A qué hora salís? — me preguntó.
— A las tres, pero almuerzo acá creo — le respondí —. Tenemos que estudiar un par de apuntes.
— Te paso a buscar cuatro y media y vamos a tomar algo.

 Asentí. Nos saludamos, y entré a la facultad.




 Las horas se me pasaron bastante rápido dentro de todo. Teníamos que juntarnos con Diana y los chicos a revisar un par de cosas para un final en la cafetería, pero todo muy por encima.
Se hicieron las cuatro y media y, como había prometido, Pablo estaba con su auto en la puerta de la facultad. Había ido con el amigo de la vez pasada, Francisco. Me caía bastante bien igual.. por lo que habíamos hablado. Me refiero a que no me molestaba su presencia entre Pablo y yo.
Fuimos a un bar un poco alejado de la facultad. Aunque a mi no me importaba lo que el resto pensara, no me disgustaba el hecho de no andar con Pablo cerca de la facultad. Así no había nadie que (y perdón por la expresión tan vulgar..) me rompiera las pelotas con el asunto de que Pablo era "mala influencia".
Estuvimos ahí poco más de una hora. Después nos subimos al auto y agarramos Av. 9 de Julio.

 Pablo iba manejando, yo en el asiento del acompañante, y Francisco atrás. Cinco minutos después de entrar en la avenida, nos paró un patrullero. Estaban con perros que usaban para olfatear. Fue una de las peores situaciones que tuve que vivir.

— Bájense del auto, por favor — nos indicó el oficial de policía.

 Por supuesto, bajamos. Nos hicieron abrir el baúl, y ahí fue cuando me empecé a poner nerviosa. Uno delos oficiales no me sacaba los ojos de encima. Mientras tanto, los perros olfateaban el auto por todos lados. Pablo me abrazó.

— Va a estar todo bien, tranquila — me dijo. Y eso no sirvió para nada. Si me tranquilizaba era porque algo me tenía que poner nerviosa. Y si tenía que estar nerviosa, era porque en realidad sí había algo en el auto.
Después de unos diez minutos (los más largos de mi vida), nos dejaron ir.

— La sufrí, te juro por Dios que pensé que se iba todo al carajo — dijo Francisco.

Pablo me miró como disculpándose en silencio. Me limité a mirar al frente hasta que Francisco se bajara en su casa, y no emití sonido hasta entonces.

Diez minutos después, estábamos solos. Eran eso de las siete de la tarde. Pablo me miraba de vez en cuando, con los ojos colmados de tristeza. Estaba nervioso, asustado, preocupado y triste. Se notaba en como tensaba las rodillas, como agarraba el volante, en su respiración, y como miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto.
Estacionamos a unas cuadras de mi casa.

— Perdoname — me dijo —. Se que fue una situación horrible, y te prometo que no va a volver a pasar. Quiero cuidarte y que estés bien. Te amo, y te prometo que no va a volver a pasar algo así.

Estaba peor que yo. Se sentía responsable y, aunque lo era, no quería que se sintiera una basura. Lo abracé, lo besé, y lo tranquilicé. Me dedicó una de sus sonrisas que esconden un "te quiero" en los hoyuelos, y arrancó el auto de nuevo. Paramos en la puerta de mi casa, lo cual me llamó bastante la atención, pero no le hice comentario alguno.
Me agarró la cara, me dio un beso profundo, y me miró a los ojos:

— Sos lo más importante que tengo — me dijo —. Te prometo que no va a volver a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo. 

Me abrazó fuerte y me besó la frente. Le sonreí, y me bajé del auto. Esperó a que entrara y, como siempre, lo saludé desde el lado de adentro, a través de la ventana. "Te amo" me dijo, y arrancó el auto.

Fue la última vez que lo ví.

Página VI.

 Pablo estaba ahí, había vuelto. Me acuerdo como se me empezaron a caer las lágrimas. Empecé a caminar cada vez más rápido. Quería sentirlo cerca mío, abrazarlo, oler su perfume otra vez. Eran apenas tres metros, pero me resultaban eternos. Hasta que lo sentí. Me largué a llorar con mucha fuerza mientras lo abrazaba. Era lindo y raro a la vez. Me había acostumbrado a jugar con su pelo, y ahora era demasiado corto. Sabía que lo habían lastimado. "Te extrañé" me decía. Y yo también, pero del llanto no podía ni hablar. Lo había extrañado tanto.
Me acuerdo como me agarró la cara y me dio un beso:

 — Te extrañé mucho. No llores más — me dijo —, por favor.

 Le sonreí y lo volví a abrazar. Todo estaba completo de nuevo.

 Nos subimos al auto y fuimos a un bar a tomar un café. Obviamente lo llené de preguntas, pero en realidad no me quiso contar nada. Se ponía nervioso cada vez que le tocaba el tema de por qué había desaparecido así, entonces creí que era mejor dejar de interrogarlo. Si en realidad le había pasado algo malo, lo que menos necesitaba en ese momento era que yo jugara a ser Sherlock Holmes con mis dudas y mis reclamos. Además, podía ser muy insoportable e insistente, tanto cuando me lo proponía como cuando no.

 — Quedate conmigo hoy — me pidió —. Vamos a cenar, si queres salimos a algún lado, y después te quedas conmigo.

 Quería ir.. pero tenía que mentir. Porque, aunque tuviera diecinueve, vivía con mis papás. Y la casa era suya, por ende, tenía que avisar a dónde iba, para que más o menos estuviesen al tanto de mis movimientos y de dónde estaba.
 Cuestión que le dije que sí. Total.. después de meses de no verlo, creo que me lo merecía, ¿no? Tomamos el café y me dejó en la esquina de casa. Tenía que planear más o menos qué decir, hacer toda una pantalla. Y Diana fue la primera que se me ocurrió. La llamé, le expliqué todo, y me cubrió. De última, si llamaban a la casa y yo no estaba, podían decir que seguía durmiendo y listo.
 Agarré el bolso y metí un par de apuntes, así parecía que iba a estudiar con ella o algo parecido. Que se yo, era chica y era lo que se me ocurría. Me cambié y arreglé las cosas.

 Pablo pasó por la estación de Burzaco a eso de las nueve. Fuimos a cenar a Trote, un restaurante en Adrogué, y nos quedamos hasta eso de las once, doce. Hablamos de todo, más que nada sobre las historias de vida de cada uno. Pero yo no me olvidaba de lo que había pasado. Y necesitaba saber. No podía no pensar en eso.

 — Es complicado..  — me explicó —. Es una situación fea, difícil y peligrosa de la que no quiero que formes parte. Por tu bien. No quiero que te pase nada.

Y ahí lo entendí.
Una vez, antes de que Pablo desapareciera, estaba en la cafetería con los chicos. Mi grupo eran Diana, Emilia, Cecilia, Juan Manuel, y Francisco.
Estabamos picando algo, antes de cursar de nuevo, y no Fran me preguntó por Pablo. La conversación fue algo así.

 — ¿Así que andás con Pablo Varela? — me dijo —. Cuidate de ese flaco.
 — ¿Por qué? — le pregunté.
 — Es jodido. Osea, no es mal flaco, al contrario. Por lo que sé, es buen tipo. Pero es.. turbio. Anda en una movida turbia. Por eso, cuidate.. fijate. No te conviene.

Reaccioné del trance.

 — Pablo, ¿dónde estuviste? — le pregunté, ya un poco inquieta.

No me contestó. No despegaba la mirada del piso. Estaba nervioso, asustado.

 — Pablo, ¿estuviste preso?

Me miró fijo a los ojos, y lo supe. A Pablo no lo habían secuestrado. No lo habían lastimado.

Pablo había estado preso.

Página V.

Julio, 1979.

 Era un día más, completamente normal. Me levanté temprano para ir a la facultad. Me duché, me cambié, y me fui a la estación a esperar el tren.
Llegué al andén, con el walkman con el bolsillo, y prendí un cigarrillo. Ya habían pasado dos meses, y me había acostumbrado a que Pablo fuera lo primero que se me pasara por la cabeza. Lloraba cada vez que lo pensaba. Lloraba en la ducha, antes de dormir, mientras escuchaba música. No entendía nada, como de un día a otro, desapareció.
Cinco minutos después llegó el tren y me sacó del trance. Apagué el cigarrillo, y me metí en el vagón. Me acuerdo del insoportable dolor de cabeza que me nublaba la mente todo el tiempo. Entre los parciales, mi relación con mi papá (que en ese momento estaba bastante tensa), y la tristeza que me daba que Pablo se hubiese ido sin avisar, me explotaba la cabeza. En realidad, quería irme. Por lo menos un tiempo, y estar lejos de todo.
Llegué a Constitución y me fui para la facultad. En ese entonces, estaba en la facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, estudiando para la licenciatura en óptica. Ni me acuerdo que materias tuve ese día. Pero, aunque me sentía terrible, lo mejor que podía hacer era escuchar y tomar apuntes. Lo único que me faltaba era que me fuera mal en los parciales. Yo creo que ahí hubiese colapsado.

 El día se me pasó relativamente rápido. Creo que ese día me dí cuenta que, si prestas atención a lo que te están explicando, la clase te resulta más leve. Pero, en el momento en que salí del aula, se me empezaron a caer las lágrimas otra vez. Fui directamente al baño, me lavé la cara y me pinté un poco, para no tener tanta cara de demacrada. Tenía tantas ojeras que, si alguien se me acercaba, había más posibilidades de que me dieran una almohada o algo de comer, antes de preguntarme la hora. Nunca me había costado tanto dormirme como esos últimos dos meses. Me acomodé el pantalón. Las primeras semanas después de la de la "desaparición" de Pablo, prácticamente no comía. No porque estuviera en una huelga de hambre o algo así.. no era mi estilo. Pero, ese nudo en el estómago hacía que cada cosa que comiera, me cayera mal. Y pensar en eso, automáticamente me sacaba las ganas de comer.
 Por otro lado, siempre había tenido una buena relación con mi mamá. Era una confidente, y siempre le había contado todo de mí. Lógicamente sabía de Pablo, y sabía que se había ido. Pero, al igual que yo, estaba completamente desorientada. Veníamos bien, teníamos esa famosa "conexión" de la que todos hablan. Congeniábamos.. que se yo. Era algo bueno creo. Y un día, de la nada, nunca más supe nada. Como si la tierra se lo hubiese tragado.
 En fin, creo que cada vez que me acuerdo de eso, me agarra ese nudo en la garganta entre bronca y tristeza porque, en ese momento, no sabía por qué había desaparecido así.
 Me miré otra vez al espejo, y me acomodé el flequillo. Me arremangué un poco el sweater junto con la camisa, acomodé el bolso, y salí del baño.

 Estaba caminando por el pasillo, saliendo del edificio, y como si tuviera el cuerpo hecho de manteca, me aflojé y se me cayó el bolso y la carpeta que llevaba en la mano. Creo que, en ese tiempo lo había imaginado tantas veces ahí parado, al borde del cordón con el auto, que tardé en darme cuenta que esta vez no era una alucinación, no era el subconsciente que me engañaba. Era Él. Estaba ahí, sonriéndome, como si nunca se hubiese ido. Pero, no era así como me lo imaginaba. Estaba cambiado. Estaba flaco, flaquísimo, con ojeras, y el pelo corto. Extremadamente corto. Me habían lastimado a Pablo, a Mi Pablo.

Página IV.

Llegó el Miércoles. Creo que nunca se me había pasado tan lento la clase. Era insoportable, y el frío era increíble. No me acuerdo que materia había tenido, pero si me acuerdo que no me gustaba. Porque mi humor era el peor. Pero iba Pablo a buscarme a la salida. Estaba ansiosa, y mucho.
Sonó el timbre, guardé el cuaderno en la mochila, y salí como un cohete del aula. Pasé al baño, lógicamente, para peinarme y lavarme un poco la cara. No era de las chicas que se maquillaban mucho, y hoy, no soy una de las mujeres que se maquillan. Un poco de base y fue. Bien natural, como siempre.
Salí de la facu y ahí estaba: apoyado en el auto, con las manos en los bolsillos, esperándome. Seguro que vio mi cara de estúpida mientras lo miraba. En serio, estaba muy enamorada de ese flaco.
Me acerqué y nos saludamos con un beso (En mi mente, te imagino leyendo esto y diciendo "Awww" en voz baja, ¿o no?). Muy lindo todo.
Fuimos a pasear un rato a una plaza cerca de ahí, y después a tomar algo a un bar. En serio, no me acuerdo cual era.
A eso de las nueve me dejó en casa:

— Te llamo en éstos días para salir, ¿si? —me dijo.

Y bueno, quedamos en que me llamaba en esos días. Le dí un beso, y me bajé del auto.
Entré a casa, me desvestí, y fui directo a la ducha. No había momento del día en el que no pensara en el. Creo que eso es lo mejor y peor del amor. Es hermoso saber que hay una persona por la cual darías tu vida, que te hace sentir bien, y por la que dejarías todo. Pero, es un poco enfermizo, ¿no?.. digo, tener la cabeza metida todo el día en alguien. Te vuelve estúpido. Y sí, es una sensación hermosa, de felicidad, satisfacción. Muchos dicen que se siente como "tocar el cielo con las manos", y no lo niego. Pero capaz que, si no viviésemos tanto en el cielo, y estuviéramos con los pies más en la tierra, aunque estemos enamorados, tal vez, Y SÓLO TAL VEZ, las relaciones durarían más. Porque, seamos realistas: un noviazgo del mundo real, no pega en un cuento de hadas. Y un amor de cuento de hadas, no pega en el mundo real. Hay cosas que encajan, y cosas que no.
Momento de reflexión. Capaz que dejé pensando a más de uno. Perturbo sus mentes a través de la pantalla.. mmm..
De vuelta al asunto.
Terminé de ducharme y me puse la remera que había usado durante el día, sólo porque tenía olor a su auto, olor a su ropa, olor a sus manos, olor a Pablo. Olor a Él. Me acuerdo como me dormí oliendo esa camiseta.

Y en ese momento, me sentía completa, como si fuera una princesa más de los cuentos, en un castillo de cristal. Era todo tan perfecto.
Y fue entonces, cuando mi castillo empezó a desmoronarse: Habían pasado tres semanas, y no había ni rastro de Pablo. Era como si nunca hubiese sido verdad, como si todo hubiera estado en mi cabeza. Estaba destruída. Lo extrañaba. Y él no aparecía.

Pablo era un recuerdo.


Página III.

 El Sábado siguiente, habíamos arreglado con Silvia y Diana, una amiga que teníamos en común, de ir a un boliche en Barracas. Sinceramente, no era mi ambiente. No se, no me sentía cómoda.
Estaba con Diana en un momento, y nos acercamos a la barra para tomar algo. Y enseguida me preguntó por qué tenía mala cara.

 — La semana pasada fuimos con Silvia a Barobar — le expliqué— , y conocimos a un flaco. Pablo se llama.
 — Ah sí, Silvia me contó. Alto y castaño. Me comentó que, cuando entraron al bar, ella lo fichó rapidísimo, pero que al final había pegado onda con vos o algo así, y que se iban a ver el Domingo. Silvia me dijo que te pasó a buscar por la casa, pero que vos no habías ido porque no estabas interesada, ¿puede ser?

 Mi cara se transformó. La bronca me subió hasta la punta de la frente. No me quiero imaginar como la debo haber mirado a Diana. Me llevaban los mil diablos.
Le expliqué lo que en realidad pasó a Diana. Se quedó helada. Me dijo que Silvia siempre había sido así de.. envidiosa, por así decirlo. Con mala leche.

— Si fue el Sábado pasado, capaz fue hoy también. ¿Nos tiramos el lance? — me dijo.

 Y bueno, fuimos. Total, ¿qué perdíamos?
Salimos del boliche Diana y yo, y nos tomamos un taxi hasta el bar. Llegamos, y Diana tenía razón: Pablo estaba ahí, sentado al fondo, con un jean y una campera de cuero. Me acuerdo que sentí alivio y miedo a la vez. Miento, no era miedo: era BRONCA. Terrible bronca. Bronca porque Silvia, la que yo había considerado mi amiga, había intentado joderme.
Caminé a donde estaba Pablo, y Diana me seguía el paso. Lo miré, y le dije si podíamos salir a hablar.

 Le conté lo que pasó. Creo que, desde ese momento, le tuvo un desprecio especial a mi "amiga". No le cayó nada bien. Y tenía razón. Se había ido con el auto hasta la casa de Silvia a buscarme, y encima le miente. Que mina envidiosa.
Hablamos y arreglamos las cosas:

 — Bueno — me dijo —, vos saliste y ahora te viniste hasta acá para encontrarme y hablar. Quedó todo claro, y quedó todo bien. Pero todavía tenemos una salida pendiente, así que llamá a tu amiga y vamos al boliche ese donde estaban.

Y allá fuimos.

 Llegamos y fuimos directo a la barra. Estuvimos un par de horas mas en el boliche. Sonaba una canción, cuyo nombre debería acordarme, porque fue especial. Pero, ya saben.. muchos años.
Estábamos en el medio del lugar, cuando me abrazó y me dijo lo linda que estaba, y me besó. Y aunque es una historia de amor, la historia de MI amor, no voy a dar muchos datos de lo que se sintió ese beso, porque me parece demasiado cursi. Sólo voy a decir que se sintió como estar en el lugar más hermoso del mundo, ese lugar que te da paz y felicidad. Tú lugar.

Después, Pablo dejó a Diana en su casa, y a mí en la mía.

— Te paso a buscar por la facu el Miércoles — me dijo.
Le dediqué una sonrisa, me besó, y me bajé del auto. Tardé horas en dormirme esa noche, pensando en lo que había pasado.

 Pero, si hay algo que nunca voy a poder olvidar, es la cara de Silvia cuando nos vio juntos. Pero en realidad, no me importaba mucho.. no me importaba para nada. Porque Pablo sabía la verdad. Porque nos habíamos besado.

 Y Él quería volver a verme.

Página II.

Al otro día me fui temprano a casa, a eso de las once de la mañana. Llegué, comí, y me puse un jean con unas botas. Cómoda, como siempre. Como ya dije, pasó mucho tiempo, así que no me acuerdo cada detalle. Pero seguro me puse una camisa. Era mi forma de vestir.
Habíamos quedado en vernos a eso de las siete. Eran las seis y cuarto cuando llegué a la estación de Burzaco. Tenía cuarenta y cinco minutos para llegar a la casa de Silvia. Estaba con el tiempo justo.
Quince minutos después llegó el tren. Me acuerdo perfectamente como era la estación en ese entonces: igual que ahora, aunque más limpia, y con menos olor a orín. Desagradable.
Cinco minutos antes de las siete, llegué a Constitución. No era tarde.. era TARDÍSIMO.
Apenas me bajé del tren, corrí por toda la estación buscando un teléfono público. Creo que debo haber sido el hazmereír de toda la estación. Por suerte encontré uno rápido.
Marqué el número de Silvia con toda rapidez, porque claro.. en ese entonces, no existían los celulares. Y si hubiesen existido, con lo inútil que soy yo para la tecnología, no hubiera aprendido a usarlos. 
Después de un par de segundos, Silvia atendió del otro lado:

— ¿Hola?
— Silvia, — dije con tono agitado— ¿Pablo ya llegó?
— No, todavía no.. ¿por qué?
— Se me hizo tarde, estoy en Constitución, yendo a esperar el colectivo. Cuando vaya, avisale que me retrasé, que me espere abajo.
— Dale, no hay problema — y después colgó.

Un poco más aliviada, salí de la estación a esperar el colectivo, que llegó cinco minutos después.
Llegué a lo de Silvia, y para mi sorpresa, Pablo no estaba. Eran siete y cuarto, y ya tendría que haber llegado. "Se retrasó.." pensé. Aunque en realidad, el tráfico estaba bastante ligero, y él venía en auto. Pero eso no significaba nada, ¿o sí?
Llamé al interno de Silvia, y pasé al edificio.
Subí hasta su departamento en el ascensor, y Silvia me abrió. Me estaba esperando con una taza de café caliente. Hacía frío en ese entonces, y una taza de café venía bastante bien.
Charlamos un rato largo, pero yo le prestaba especial atención al reloj.


Se hicieron las ocho y media, y Pablo nunca llegó. 

Página I.

Todo libro, contiene una historia. Y cada historia, es una vida. Éste fragmento de mi libro, no es parte de mi historia.. o tal vez sí. Pero, no lo es de forma directa.

-

Mayo, 1979.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Restaurante Bar o Bar (Bárbaro).

Creo que tengo que empezar. Aclaremos primero que mi redacción no es la mejor. No me dedico a escribir, ni nada por el estilo. Solo lo hago por placer.
Mi nombre es Adriana, y tengo diecinueve años. Ésta es la historia del amor de mi vida. No, no me casé con él, y aunque tengo una hija hermosa, no es suya. Pero sé que él fue el amor de mi vida. Pablo.
Era un Sábado de 1979. Silvia y yo habíamos arreglado para salir a la noche a un bar en Retiro, cerca de su casa. Yo estaba abajo, sentada en el sillón del living, esperando a que ella terminara de cambiarse. Mentiría si dijera como iba vestida yo. Ya pasaron 36 años desde esa noche, y mi memoria falla.
Después de un rato, bajó lista para que nos fuéramos. Salimos hasta la vereda, y esperamos a que pasara un taxi. Llegamos al lugar veinte minutos después de eso.
Entramos. Pink Floyd sonaba de fondo, y había una niebla leve producida por el humo de los cigarrillos y los habanos que la gente fumaba. Era la primera vez que íbamos. Mesas cuadradas de madera, con sillas de almohadones color carmín. Un barril de maní en cada esquina de la barra de tragos, y tres chopperas de cerveza. Pasamos derecho al fondo, subiendo tres escalones. Nos sentamos en una de las mesas del medio. El lugar no estaba muy lleno en realidad.

— Hay un flaco que vi apenas entramos, divino. Cuando nos vamos te lo muestro — me dijo Silvia.

Yo le sonreí.
Minutos después vino el mozo. Pedimos una Stella Artois cada una. Silvia me contaba de su clase de natación, y algo de un estilo de nado que, sinceramente, no me acuerdo. En primer lugar, porque ya pasaron muchos años. Y en segundo, porque tenía una distracción en segundo plano: un flaco alto, de aproximadamente 1,70mts., flaquito, de tez blanca, con ojos marrones y pelo castaño oscuro con rulos casi hasta los hombros. Tenía pinta, y no me sacaba los ojos de encima. Me sonrió. Le sonreí, sonrojada, mientras tomaba un trago de cerveza.
La hora siguiente fue parecida, con sonrisas dedicadas en silencio entre los dos. Ya eran las dos de la mañana, y teníamos que irnos.

— ¿Vamos? — le dije a Silvia.
Ella asintió con la cabeza, mientras tomaba un trago de cerveza.

Le dediqué una mirada al chico del fondo, que se ve que me había escuchado cuando la apuré a Silvia, o pudo leerme los labios, que se yo. Ahora, fui yo la que se los leyó a él: Te llevo yo.
Me paralicé por un segundo. "Te llevo yo" volvió a decir. Me acuerdo como sonreí.
La verdad es que no me acuerdo qué pasó en el medio de la situación. Sólo me acuerdo de mí, sentada en el asiento del acompañante, al lado del chico castaño. Silvia iba en el asiento de atrás, con otro muchacho, amigo del chico castaño.

Llegamos a lo de Silvia, que bajó primera del auto.

— Te paso a buscar mañana por acá, ¿dale? — me preguntó. Yo asentí y él agregó—: Soy Pablo, por cierto.
— Adriana..— le respondí.

Cerré la puerta del auto, y entramos a la casa de Silvia.