Mi nombre es Lola. Tengo veintisiete años, y me compraron en una juguetería de Capital. Fui el regalo de Cami cuando cumplió tres años. Sus papás le dijeron que, mientras yo estuviera con ella, nada malo iba a pasarle, y que si alguna vez tenía miedo, me abrazara muy muy fuerte.
Recuerdo la primera vez que me guardó en su mochila. Tenía un cuaderno decorado con flores, y una bolsita amarilla, con un mantelito, una servilleta, y un paquete de galletitas. Después de un par de horas me presentó a Franco, Felipe y Paulina, quienes tenían un oso de peluche, un soldadito y una muñeca Pepona, respectivamente. Jugamos un rato largo, hasta que llego la hora de la merienda. Yo volví a la mochila, y salieron la bolsita y las galletitas. Se escucharon las estrofas de una canción acerca de una bandera y volvimos a casa.
Cami me paseaba abajo del brazo por todas las habitaciones, cantándome canciones y contándome secretos. Le gustaba Felipe, el nene que tenía el soldadito de plástico, pero me decía que no podía decírselo. Cuando el reloj daba las nueve, me sentaba al lado de su plato para cenar. Sus papás siempre la retaban, porque ella me ponía un plato de comida, y no entendía que yo no podía comer. Hasta que se daban por vencidos y se limitaban a sonreírle.
Me encantaba pasar los días con ella, pero la mejor parte era cuando anochecía. Cami salía de bañarse y se ponía su pijama. Yo me quedaba al lado de ella mientras la mamá le secaba el pelo. Cuando terminaba, mi mejor amiga volvía a agarrarme y a colocarme bajo su brazo, y contenta y a los saltos se iba a la cama. Se acostaba, tapándose con la sábana y la frazada color rosa que la cubría, y la mamá venía a contarle un cuento sobre aventuras que inventaba sobre mí. Cuando Cami finalmente se dormía, me abrazaba muy fuerte, me deseaba las buenas noches, y nos dormíamos las dos. Así fueron todos los días durante unos dos o tres años más, hasta que todo comenzó a cambiar.
Cami ya no usaba guardapolvo. Ahora tenía camisa, corbata, pollera y zapatos. Se despertaba más temprano, y me metía en la mochila como siempre... sólo que, ahora, iba un poco más apretada. Habían varios libros y cuadernos. Depende en que bolsillo me metiera, me encontraba con una billetera o con su almuerzo. Pero, con el pasar de los meses, dejó de guardarme en su mochila.
Al despertarse, hacía la rutina de cada mañana: iba al baño, volvía al cuarto a cambiarse, y bajaba a desayunar, con sus ojos brillando como siempre. Sólo que, ahora, yo observaba todo desde la almohada.
Un día trajo a Paulina a casa. Estaba más alta y tenía el pelo más largo. Le contaba a Cami que le gustaba Franco, el chico del oso de peluche de hace unos años. Al parecer nunca se habían distanciado. Paulina se quedó a dormir, y Cami me puso en un estante para que no me tiraran sin querer. Vi como jugaban y se contaban secretos. Cami estaba más grande... ya tenía siete años.
Mientras ella no estaba en casa, yo me quedaba en la almohada. Veía como la mamá entraba y acomodaba todo el cuarto, y me dejaba siempre en el mismo lugar. Los peluches fueron reemplazados por libros y cada vez más cuadernos. Los posters de Barbie, por posters de bandas que estaban de moda en ese momento. Y su colección de figuras de plástico de películas de Disney, fueron guardadas en una caja y reemplazadas por una gran colección de esmaltes, delineadores, y portacosméticos.
Una tarde, vi que Cami se despertó un poco más tarde. Tenía una remera de muchos colores con su nombre en la parte trasera y el año "2009" bordado. Estaba muy contenta. Era lindo ver como Cami crecía tan rápido. Yo, ahora, veía todo desde un estante de la habitación, recostada sobre unos libros de cuento que su mamá le leía cuando Cami era chiquita.
Con el pasar del tiempo, yo me fui llenando de polvo y la habitación fue cambiando. El tapiz que era rosa, se volvió verde marino. Los libros de cuento fueron reemplazados por libros más gordos con números raros y, posiblemente, con cuentos más largos. Habían cuadernos y hojas abrochadas por toda la habitación.
En su cómoda habían fotos de ella abrazada con un chico alto, rubio y de ojos claros. Había un oso blanco de peluche que sostenía un corazón rojo carmín con las palabras "Te Amo" bordadas en el centro. Al parecer Cami tenía novio.
Recuerdo ese sábado por la mañana. Cami tenía colgado en la esquina de su cama un calendario con el 19 de Septiembre resaltado con remarcador rosa. Se despertó rápido, se bañó, y empezó a preparar zapatos, aros, anillos, una corona color plata en el centro de su cómoda, y una bolsa enorme apoyada en el respaldo de su silla. Cuando ya estaba anocheciendo, llegaron dos mujeres con un bolso cada una. Cami, muy contenta, se sentó frente a su espejo, y una de ellas comenzó a peinarla, mientras que la otra, la maquillaba. Cuando cada cual terminó con su tarea, Cami sacó de la bolsa un hermoso vestido rosa. Se vistió y se calzó sus zapatos. Se abrazaron las tres, y bajaron al recibidor.
Había pasado un poco más de dos años cuando, una tarde, Cami entró llorando al cuarto, y empezó a romper todas las fotos que tenía con el chico rubio que, hacía poco había descubierto, se llamaba Pablo. Se tiró a la cama, me buscó en la repisa, me abrazó muy fuerte, y largó el llanto de nuevo. Su celular no dejaba de sonar, pero ella no le prestaba atención. Estaba muy triste.
Tiempo después, una valija apareció en el medio de su cama, llena de buzos, camperas, pantalones, y ropa rara de diferentes colores. Sus papás la abrazaban y le decían, reiteradas veces, que se cuidara y llamara todos los días. Cami volvió diez días después, con un resfrío bastante importante.
En éste momento, me encuentro en una nueva mochila. Hace unos días Cami me encontró en una bolsa en el fondo de su placard. Me limpió, me peinó, y me envolvió. Cuando volvieron a abrir mi caja, una nena de tres años me agarró torpemente, y me sonrió. Era parecida a Cami cuando era chica. Lola, la nena, me presentó a Cami como si no la conociera, y a Felipe, su papá. Era el mismo nene de jardín que jugaba con el soldadito de plástico. Ayer Lola me trajo a una sala donde conocí a Lucas y Victoria, sus amigos. Hay nuevas galletitas, nuevo mantel, nueva servilleta y nueva nena, pero esa alegría la conozco... que lindos son los niños.
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Ésto comenzó como una tarea que tenía como objetivo escribir una alegoría sobre como una niña pasa por cada etapa del colegio... pero terminó siendo más que eso. Gracias Profesor Cardiff por la oportunidad de escribir ésto que, para mí, fue muy importante.
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