Abril, 1985.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Calle Florida.
Un calor insoportable, teniendo en cuenta que era Abril y no Marzo. Día totalmente seco. Me acuerdo que iba a mil con unas bolsas. Venía de comprar ropa de invierno y cosas para la casa. No la voy a hacer muy larga, porque no hay mucho que contar. Solo sería una adición al relato, como un anexo.
Iba apurada, porque tenía cosas que hacer todavía, caminando por Florida. Me encantaba pasar por ahí, por la cantidad de vidrieras que hay. Y lo ví, era él. Flaco, con el pelo más corto, incluso que aquella vez después de su "desaparición". Me frené y lo seguí con la mirada, aunque fui incapaz de articular palabra. Él no me reconoció.
Septiembre, 1996.
La Boca, Ciudad de Buenos Aires.
Café "El Estaño 1880".
Tenía que ir a Constitución para tomarme el tren y volver a casa. Había una cantidad de gente inmensa. Imposible de caminar. Creo que era un Lunes, a eso de las cuatro de la tarde. No se por qué tanto tumulto sinceramente. Miraba vidrieras a más no poder, mientras iba por Aristóbulo del Valle. Y tenía mi santa costumbre de mirar por las ventanas.
Estaba ahí, sentado, tomando un café con una mujer. Alta, delgada, de pelo negro hasta la mitad de la espalda. Él.. igual de flaco, aunque con el pelo un poco más largo. Lo miré por la ventana durante un minuto más o menos, como en esas películas de amor en las que el ex ve a la mujer con su actual y se le rompe el corazón en un momento de nostalgia.. aunque no tan dramático. Volví a mirar a la calle, y seguí rumbo.
Página VII.
No quiero contar mucho de la charla. No porque sea algo íntimo (aunque lo es), sino porque me trae recuerdos tristes. Lo que sí puedo confirmarte, querido lector, que ese negocio "turbio" en el que Pablo estaba, era ese que se te vino a la cabeza cuando leíste la página anterior: Pablo andaba en algo relacionado con la droga. No, no consumía. Lo sé. Sino que era el "camello". Se me heló la sangre cuando lo vi asentir con la cabeza ante mi pregunta. Me dolió mucho el pecho, aunque no estaba muy segura de por qué. Era miedo, por saber que yo estaba al lado de alguien como él. Eran nervios por no saber que era lo que en realidad le había pasado. Era tristeza, por saber que él no era una mala persona, sino una buena persona en un mal negocio. Creo que en ese momento me dieron muchas ganas de desmayarme. No sabía que hacer tampoco. No sabía si abrazarlo, si llorar, si gritarle, o irme corriendo. ¿Cómo se reacciona ante algo como eso?
Me tranquilicé y hablamos del tema. Como dije antes, no voy a contar sobre la charla, porque también sería develar cosas sobre su privacidad. Y aunque su identidad no está revelada en éste escrito, no me siento cómoda exponiéndolo de esa forma. Después de todo, yo lo amaba. Profundamente.
Estuvimos ahí sentados un buen rato, hablando, aclarando las cosas.
— ¿Vamos yendo? — me preguntó.
— Sí.. ¿a dónde vamos?
— Vos venís a casa, conmigo —.
Y bueno.. fuimos. Lógicamente no voy a hablar de esa noche porque, por favor, nadie con un poco de sentido común lo haría. O tal vez sí, pero, teniendo en cuenta que esta historia es real, y es mía, es sacar a la luz mi intimidad, y la de Pablo.. así que preferiría que quedara en manos de su poderosa imaginación.
Al día siguiente nos despertamos, y yo me encargué de hacer el desayuno. A las once cursaba, así que tuve que hacer medianamente rápido el asunto de las tostadas y el café con leche.
Pablo me llevó a la facultad. Eran un par de horas igual.
— ¿A qué hora salís? — me preguntó.
— A las tres, pero almuerzo acá creo — le respondí —. Tenemos que estudiar un par de apuntes.
— Te paso a buscar cuatro y media y vamos a tomar algo.
Asentí. Nos saludamos, y entré a la facultad.
Las horas se me pasaron bastante rápido dentro de todo. Teníamos que juntarnos con Diana y los chicos a revisar un par de cosas para un final en la cafetería, pero todo muy por encima.
Se hicieron las cuatro y media y, como había prometido, Pablo estaba con su auto en la puerta de la facultad. Había ido con el amigo de la vez pasada, Francisco. Me caía bastante bien igual.. por lo que habíamos hablado. Me refiero a que no me molestaba su presencia entre Pablo y yo.
Fuimos a un bar un poco alejado de la facultad. Aunque a mi no me importaba lo que el resto pensara, no me disgustaba el hecho de no andar con Pablo cerca de la facultad. Así no había nadie que (y perdón por la expresión tan vulgar..) me rompiera las pelotas con el asunto de que Pablo era "mala influencia".
Estuvimos ahí poco más de una hora. Después nos subimos al auto y agarramos Av. 9 de Julio.
Pablo iba manejando, yo en el asiento del acompañante, y Francisco atrás. Cinco minutos después de entrar en la avenida, nos paró un patrullero. Estaban con perros que usaban para olfatear. Fue una de las peores situaciones que tuve que vivir.
— Bájense del auto, por favor — nos indicó el oficial de policía.
Por supuesto, bajamos. Nos hicieron abrir el baúl, y ahí fue cuando me empecé a poner nerviosa. Uno delos oficiales no me sacaba los ojos de encima. Mientras tanto, los perros olfateaban el auto por todos lados. Pablo me abrazó.
— Va a estar todo bien, tranquila — me dijo. Y eso no sirvió para nada. Si me tranquilizaba era porque algo me tenía que poner nerviosa. Y si tenía que estar nerviosa, era porque en realidad sí había algo en el auto.
Después de unos diez minutos (los más largos de mi vida), nos dejaron ir.
— La sufrí, te juro por Dios que pensé que se iba todo al carajo — dijo Francisco.
Pablo me miró como disculpándose en silencio. Me limité a mirar al frente hasta que Francisco se bajara en su casa, y no emití sonido hasta entonces.
Diez minutos después, estábamos solos. Eran eso de las siete de la tarde. Pablo me miraba de vez en cuando, con los ojos colmados de tristeza. Estaba nervioso, asustado, preocupado y triste. Se notaba en como tensaba las rodillas, como agarraba el volante, en su respiración, y como miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto.
Estacionamos a unas cuadras de mi casa.
— Perdoname — me dijo —. Se que fue una situación horrible, y te prometo que no va a volver a pasar. Quiero cuidarte y que estés bien. Te amo, y te prometo que no va a volver a pasar algo así.
Estaba peor que yo. Se sentía responsable y, aunque lo era, no quería que se sintiera una basura. Lo abracé, lo besé, y lo tranquilicé. Me dedicó una de sus sonrisas que esconden un "te quiero" en los hoyuelos, y arrancó el auto de nuevo. Paramos en la puerta de mi casa, lo cual me llamó bastante la atención, pero no le hice comentario alguno.
Me agarró la cara, me dio un beso profundo, y me miró a los ojos:
— Sos lo más importante que tengo — me dijo —. Te prometo que no va a volver a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo.
Me abrazó fuerte y me besó la frente. Le sonreí, y me bajé del auto. Esperó a que entrara y, como siempre, lo saludé desde el lado de adentro, a través de la ventana. "Te amo" me dijo, y arrancó el auto.
Fue la última vez que lo ví.
Me tranquilicé y hablamos del tema. Como dije antes, no voy a contar sobre la charla, porque también sería develar cosas sobre su privacidad. Y aunque su identidad no está revelada en éste escrito, no me siento cómoda exponiéndolo de esa forma. Después de todo, yo lo amaba. Profundamente.
Estuvimos ahí sentados un buen rato, hablando, aclarando las cosas.
— ¿Vamos yendo? — me preguntó.
— Sí.. ¿a dónde vamos?
— Vos venís a casa, conmigo —.
Y bueno.. fuimos. Lógicamente no voy a hablar de esa noche porque, por favor, nadie con un poco de sentido común lo haría. O tal vez sí, pero, teniendo en cuenta que esta historia es real, y es mía, es sacar a la luz mi intimidad, y la de Pablo.. así que preferiría que quedara en manos de su poderosa imaginación.
Al día siguiente nos despertamos, y yo me encargué de hacer el desayuno. A las once cursaba, así que tuve que hacer medianamente rápido el asunto de las tostadas y el café con leche.
Pablo me llevó a la facultad. Eran un par de horas igual.
— ¿A qué hora salís? — me preguntó.
— A las tres, pero almuerzo acá creo — le respondí —. Tenemos que estudiar un par de apuntes.
— Te paso a buscar cuatro y media y vamos a tomar algo.
Asentí. Nos saludamos, y entré a la facultad.
—
Las horas se me pasaron bastante rápido dentro de todo. Teníamos que juntarnos con Diana y los chicos a revisar un par de cosas para un final en la cafetería, pero todo muy por encima.
Se hicieron las cuatro y media y, como había prometido, Pablo estaba con su auto en la puerta de la facultad. Había ido con el amigo de la vez pasada, Francisco. Me caía bastante bien igual.. por lo que habíamos hablado. Me refiero a que no me molestaba su presencia entre Pablo y yo.
Fuimos a un bar un poco alejado de la facultad. Aunque a mi no me importaba lo que el resto pensara, no me disgustaba el hecho de no andar con Pablo cerca de la facultad. Así no había nadie que (y perdón por la expresión tan vulgar..) me rompiera las pelotas con el asunto de que Pablo era "mala influencia".
Estuvimos ahí poco más de una hora. Después nos subimos al auto y agarramos Av. 9 de Julio.
Pablo iba manejando, yo en el asiento del acompañante, y Francisco atrás. Cinco minutos después de entrar en la avenida, nos paró un patrullero. Estaban con perros que usaban para olfatear. Fue una de las peores situaciones que tuve que vivir.
— Bájense del auto, por favor — nos indicó el oficial de policía.
Por supuesto, bajamos. Nos hicieron abrir el baúl, y ahí fue cuando me empecé a poner nerviosa. Uno delos oficiales no me sacaba los ojos de encima. Mientras tanto, los perros olfateaban el auto por todos lados. Pablo me abrazó.
— Va a estar todo bien, tranquila — me dijo. Y eso no sirvió para nada. Si me tranquilizaba era porque algo me tenía que poner nerviosa. Y si tenía que estar nerviosa, era porque en realidad sí había algo en el auto.
Después de unos diez minutos (los más largos de mi vida), nos dejaron ir.
— La sufrí, te juro por Dios que pensé que se iba todo al carajo — dijo Francisco.
Pablo me miró como disculpándose en silencio. Me limité a mirar al frente hasta que Francisco se bajara en su casa, y no emití sonido hasta entonces.
Diez minutos después, estábamos solos. Eran eso de las siete de la tarde. Pablo me miraba de vez en cuando, con los ojos colmados de tristeza. Estaba nervioso, asustado, preocupado y triste. Se notaba en como tensaba las rodillas, como agarraba el volante, en su respiración, y como miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto.
Estacionamos a unas cuadras de mi casa.
— Perdoname — me dijo —. Se que fue una situación horrible, y te prometo que no va a volver a pasar. Quiero cuidarte y que estés bien. Te amo, y te prometo que no va a volver a pasar algo así.
Estaba peor que yo. Se sentía responsable y, aunque lo era, no quería que se sintiera una basura. Lo abracé, lo besé, y lo tranquilicé. Me dedicó una de sus sonrisas que esconden un "te quiero" en los hoyuelos, y arrancó el auto de nuevo. Paramos en la puerta de mi casa, lo cual me llamó bastante la atención, pero no le hice comentario alguno.
Me agarró la cara, me dio un beso profundo, y me miró a los ojos:
— Sos lo más importante que tengo — me dijo —. Te prometo que no va a volver a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo.
Me abrazó fuerte y me besó la frente. Le sonreí, y me bajé del auto. Esperó a que entrara y, como siempre, lo saludé desde el lado de adentro, a través de la ventana. "Te amo" me dijo, y arrancó el auto.
Fue la última vez que lo ví.
Página VI.
Pablo estaba ahí, había vuelto. Me acuerdo como se me empezaron a caer las lágrimas. Empecé a caminar cada vez más rápido. Quería sentirlo cerca mío, abrazarlo, oler su perfume otra vez. Eran apenas tres metros, pero me resultaban eternos. Hasta que lo sentí. Me largué a llorar con mucha fuerza mientras lo abrazaba. Era lindo y raro a la vez. Me había acostumbrado a jugar con su pelo, y ahora era demasiado corto. Sabía que lo habían lastimado. "Te extrañé" me decía. Y yo también, pero del llanto no podía ni hablar. Lo había extrañado tanto.
Me acuerdo como me agarró la cara y me dio un beso:
— Te extrañé mucho. No llores más — me dijo —, por favor.
Le sonreí y lo volví a abrazar. Todo estaba completo de nuevo.
Nos subimos al auto y fuimos a un bar a tomar un café. Obviamente lo llené de preguntas, pero en realidad no me quiso contar nada. Se ponía nervioso cada vez que le tocaba el tema de por qué había desaparecido así, entonces creí que era mejor dejar de interrogarlo. Si en realidad le había pasado algo malo, lo que menos necesitaba en ese momento era que yo jugara a ser Sherlock Holmes con mis dudas y mis reclamos. Además, podía ser muy insoportable e insistente, tanto cuando me lo proponía como cuando no.
— Quedate conmigo hoy — me pidió —. Vamos a cenar, si queres salimos a algún lado, y después te quedas conmigo.
Quería ir.. pero tenía que mentir. Porque, aunque tuviera diecinueve, vivía con mis papás. Y la casa era suya, por ende, tenía que avisar a dónde iba, para que más o menos estuviesen al tanto de mis movimientos y de dónde estaba.
Cuestión que le dije que sí. Total.. después de meses de no verlo, creo que me lo merecía, ¿no? Tomamos el café y me dejó en la esquina de casa. Tenía que planear más o menos qué decir, hacer toda una pantalla. Y Diana fue la primera que se me ocurrió. La llamé, le expliqué todo, y me cubrió. De última, si llamaban a la casa y yo no estaba, podían decir que seguía durmiendo y listo.
Agarré el bolso y metí un par de apuntes, así parecía que iba a estudiar con ella o algo parecido. Que se yo, era chica y era lo que se me ocurría. Me cambié y arreglé las cosas.
Pablo pasó por la estación de Burzaco a eso de las nueve. Fuimos a cenar a Trote, un restaurante en Adrogué, y nos quedamos hasta eso de las once, doce. Hablamos de todo, más que nada sobre las historias de vida de cada uno. Pero yo no me olvidaba de lo que había pasado. Y necesitaba saber. No podía no pensar en eso.
— Es complicado.. — me explicó —. Es una situación fea, difícil y peligrosa de la que no quiero que formes parte. Por tu bien. No quiero que te pase nada.
Y ahí lo entendí.
Una vez, antes de que Pablo desapareciera, estaba en la cafetería con los chicos. Mi grupo eran Diana, Emilia, Cecilia, Juan Manuel, y Francisco.
Estabamos picando algo, antes de cursar de nuevo, y no Fran me preguntó por Pablo. La conversación fue algo así.
— ¿Así que andás con Pablo Varela? — me dijo —. Cuidate de ese flaco.
— ¿Por qué? — le pregunté.
— Es jodido. Osea, no es mal flaco, al contrario. Por lo que sé, es buen tipo. Pero es.. turbio. Anda en una movida turbia. Por eso, cuidate.. fijate. No te conviene.
Reaccioné del trance.
— Pablo, ¿dónde estuviste? — le pregunté, ya un poco inquieta.
No me contestó. No despegaba la mirada del piso. Estaba nervioso, asustado.
— Pablo, ¿estuviste preso?
Me miró fijo a los ojos, y lo supe. A Pablo no lo habían secuestrado. No lo habían lastimado.
Pablo había estado preso.
Me acuerdo como me agarró la cara y me dio un beso:
— Te extrañé mucho. No llores más — me dijo —, por favor.
Le sonreí y lo volví a abrazar. Todo estaba completo de nuevo.
Nos subimos al auto y fuimos a un bar a tomar un café. Obviamente lo llené de preguntas, pero en realidad no me quiso contar nada. Se ponía nervioso cada vez que le tocaba el tema de por qué había desaparecido así, entonces creí que era mejor dejar de interrogarlo. Si en realidad le había pasado algo malo, lo que menos necesitaba en ese momento era que yo jugara a ser Sherlock Holmes con mis dudas y mis reclamos. Además, podía ser muy insoportable e insistente, tanto cuando me lo proponía como cuando no.
— Quedate conmigo hoy — me pidió —. Vamos a cenar, si queres salimos a algún lado, y después te quedas conmigo.
Quería ir.. pero tenía que mentir. Porque, aunque tuviera diecinueve, vivía con mis papás. Y la casa era suya, por ende, tenía que avisar a dónde iba, para que más o menos estuviesen al tanto de mis movimientos y de dónde estaba.
Cuestión que le dije que sí. Total.. después de meses de no verlo, creo que me lo merecía, ¿no? Tomamos el café y me dejó en la esquina de casa. Tenía que planear más o menos qué decir, hacer toda una pantalla. Y Diana fue la primera que se me ocurrió. La llamé, le expliqué todo, y me cubrió. De última, si llamaban a la casa y yo no estaba, podían decir que seguía durmiendo y listo.
Agarré el bolso y metí un par de apuntes, así parecía que iba a estudiar con ella o algo parecido. Que se yo, era chica y era lo que se me ocurría. Me cambié y arreglé las cosas.
Pablo pasó por la estación de Burzaco a eso de las nueve. Fuimos a cenar a Trote, un restaurante en Adrogué, y nos quedamos hasta eso de las once, doce. Hablamos de todo, más que nada sobre las historias de vida de cada uno. Pero yo no me olvidaba de lo que había pasado. Y necesitaba saber. No podía no pensar en eso.
— Es complicado.. — me explicó —. Es una situación fea, difícil y peligrosa de la que no quiero que formes parte. Por tu bien. No quiero que te pase nada.
Y ahí lo entendí.
Una vez, antes de que Pablo desapareciera, estaba en la cafetería con los chicos. Mi grupo eran Diana, Emilia, Cecilia, Juan Manuel, y Francisco.
Estabamos picando algo, antes de cursar de nuevo, y no Fran me preguntó por Pablo. La conversación fue algo así.
— ¿Así que andás con Pablo Varela? — me dijo —. Cuidate de ese flaco.
— ¿Por qué? — le pregunté.
— Es jodido. Osea, no es mal flaco, al contrario. Por lo que sé, es buen tipo. Pero es.. turbio. Anda en una movida turbia. Por eso, cuidate.. fijate. No te conviene.
Reaccioné del trance.
— Pablo, ¿dónde estuviste? — le pregunté, ya un poco inquieta.
No me contestó. No despegaba la mirada del piso. Estaba nervioso, asustado.
— Pablo, ¿estuviste preso?
Me miró fijo a los ojos, y lo supe. A Pablo no lo habían secuestrado. No lo habían lastimado.
Pablo había estado preso.
Página V.
Julio, 1979.
Era un día más, completamente normal. Me levanté temprano para ir a la facultad. Me duché, me cambié, y me fui a la estación a esperar el tren.
Llegué al andén, con el walkman con el bolsillo, y prendí un cigarrillo. Ya habían pasado dos meses, y me había acostumbrado a que Pablo fuera lo primero que se me pasara por la cabeza. Lloraba cada vez que lo pensaba. Lloraba en la ducha, antes de dormir, mientras escuchaba música. No entendía nada, como de un día a otro, desapareció.
Cinco minutos después llegó el tren y me sacó del trance. Apagué el cigarrillo, y me metí en el vagón. Me acuerdo del insoportable dolor de cabeza que me nublaba la mente todo el tiempo. Entre los parciales, mi relación con mi papá (que en ese momento estaba bastante tensa), y la tristeza que me daba que Pablo se hubiese ido sin avisar, me explotaba la cabeza. En realidad, quería irme. Por lo menos un tiempo, y estar lejos de todo.
Llegué a Constitución y me fui para la facultad. En ese entonces, estaba en la facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, estudiando para la licenciatura en óptica. Ni me acuerdo que materias tuve ese día. Pero, aunque me sentía terrible, lo mejor que podía hacer era escuchar y tomar apuntes. Lo único que me faltaba era que me fuera mal en los parciales. Yo creo que ahí hubiese colapsado.
El día se me pasó relativamente rápido. Creo que ese día me dí cuenta que, si prestas atención a lo que te están explicando, la clase te resulta más leve. Pero, en el momento en que salí del aula, se me empezaron a caer las lágrimas otra vez. Fui directamente al baño, me lavé la cara y me pinté un poco, para no tener tanta cara de demacrada. Tenía tantas ojeras que, si alguien se me acercaba, había más posibilidades de que me dieran una almohada o algo de comer, antes de preguntarme la hora. Nunca me había costado tanto dormirme como esos últimos dos meses. Me acomodé el pantalón. Las primeras semanas después de la de la "desaparición" de Pablo, prácticamente no comía. No porque estuviera en una huelga de hambre o algo así.. no era mi estilo. Pero, ese nudo en el estómago hacía que cada cosa que comiera, me cayera mal. Y pensar en eso, automáticamente me sacaba las ganas de comer.
Por otro lado, siempre había tenido una buena relación con mi mamá. Era una confidente, y siempre le había contado todo de mí. Lógicamente sabía de Pablo, y sabía que se había ido. Pero, al igual que yo, estaba completamente desorientada. Veníamos bien, teníamos esa famosa "conexión" de la que todos hablan. Congeniábamos.. que se yo. Era algo bueno creo. Y un día, de la nada, nunca más supe nada. Como si la tierra se lo hubiese tragado.
En fin, creo que cada vez que me acuerdo de eso, me agarra ese nudo en la garganta entre bronca y tristeza porque, en ese momento, no sabía por qué había desaparecido así.
Me miré otra vez al espejo, y me acomodé el flequillo. Me arremangué un poco el sweater junto con la camisa, acomodé el bolso, y salí del baño.
Estaba caminando por el pasillo, saliendo del edificio, y como si tuviera el cuerpo hecho de manteca, me aflojé y se me cayó el bolso y la carpeta que llevaba en la mano. Creo que, en ese tiempo lo había imaginado tantas veces ahí parado, al borde del cordón con el auto, que tardé en darme cuenta que esta vez no era una alucinación, no era el subconsciente que me engañaba. Era Él. Estaba ahí, sonriéndome, como si nunca se hubiese ido. Pero, no era así como me lo imaginaba. Estaba cambiado. Estaba flaco, flaquísimo, con ojeras, y el pelo corto. Extremadamente corto. Me habían lastimado a Pablo, a Mi Pablo.
Era un día más, completamente normal. Me levanté temprano para ir a la facultad. Me duché, me cambié, y me fui a la estación a esperar el tren.
Llegué al andén, con el walkman con el bolsillo, y prendí un cigarrillo. Ya habían pasado dos meses, y me había acostumbrado a que Pablo fuera lo primero que se me pasara por la cabeza. Lloraba cada vez que lo pensaba. Lloraba en la ducha, antes de dormir, mientras escuchaba música. No entendía nada, como de un día a otro, desapareció.
Cinco minutos después llegó el tren y me sacó del trance. Apagué el cigarrillo, y me metí en el vagón. Me acuerdo del insoportable dolor de cabeza que me nublaba la mente todo el tiempo. Entre los parciales, mi relación con mi papá (que en ese momento estaba bastante tensa), y la tristeza que me daba que Pablo se hubiese ido sin avisar, me explotaba la cabeza. En realidad, quería irme. Por lo menos un tiempo, y estar lejos de todo.
Llegué a Constitución y me fui para la facultad. En ese entonces, estaba en la facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, estudiando para la licenciatura en óptica. Ni me acuerdo que materias tuve ese día. Pero, aunque me sentía terrible, lo mejor que podía hacer era escuchar y tomar apuntes. Lo único que me faltaba era que me fuera mal en los parciales. Yo creo que ahí hubiese colapsado.
El día se me pasó relativamente rápido. Creo que ese día me dí cuenta que, si prestas atención a lo que te están explicando, la clase te resulta más leve. Pero, en el momento en que salí del aula, se me empezaron a caer las lágrimas otra vez. Fui directamente al baño, me lavé la cara y me pinté un poco, para no tener tanta cara de demacrada. Tenía tantas ojeras que, si alguien se me acercaba, había más posibilidades de que me dieran una almohada o algo de comer, antes de preguntarme la hora. Nunca me había costado tanto dormirme como esos últimos dos meses. Me acomodé el pantalón. Las primeras semanas después de la de la "desaparición" de Pablo, prácticamente no comía. No porque estuviera en una huelga de hambre o algo así.. no era mi estilo. Pero, ese nudo en el estómago hacía que cada cosa que comiera, me cayera mal. Y pensar en eso, automáticamente me sacaba las ganas de comer.
Por otro lado, siempre había tenido una buena relación con mi mamá. Era una confidente, y siempre le había contado todo de mí. Lógicamente sabía de Pablo, y sabía que se había ido. Pero, al igual que yo, estaba completamente desorientada. Veníamos bien, teníamos esa famosa "conexión" de la que todos hablan. Congeniábamos.. que se yo. Era algo bueno creo. Y un día, de la nada, nunca más supe nada. Como si la tierra se lo hubiese tragado.
En fin, creo que cada vez que me acuerdo de eso, me agarra ese nudo en la garganta entre bronca y tristeza porque, en ese momento, no sabía por qué había desaparecido así.
Me miré otra vez al espejo, y me acomodé el flequillo. Me arremangué un poco el sweater junto con la camisa, acomodé el bolso, y salí del baño.
Estaba caminando por el pasillo, saliendo del edificio, y como si tuviera el cuerpo hecho de manteca, me aflojé y se me cayó el bolso y la carpeta que llevaba en la mano. Creo que, en ese tiempo lo había imaginado tantas veces ahí parado, al borde del cordón con el auto, que tardé en darme cuenta que esta vez no era una alucinación, no era el subconsciente que me engañaba. Era Él. Estaba ahí, sonriéndome, como si nunca se hubiese ido. Pero, no era así como me lo imaginaba. Estaba cambiado. Estaba flaco, flaquísimo, con ojeras, y el pelo corto. Extremadamente corto. Me habían lastimado a Pablo, a Mi Pablo.
Página IV.
Llegó el Miércoles. Creo que nunca se me había pasado tan lento la clase. Era insoportable, y el frío era increíble. No me acuerdo que materia había tenido, pero si me acuerdo que no me gustaba. Porque mi humor era el peor. Pero iba Pablo a buscarme a la salida. Estaba ansiosa, y mucho.
Sonó el timbre, guardé el cuaderno en la mochila, y salí como un cohete del aula. Pasé al baño, lógicamente, para peinarme y lavarme un poco la cara. No era de las chicas que se maquillaban mucho, y hoy, no soy una de las mujeres que se maquillan. Un poco de base y fue. Bien natural, como siempre.
Salí de la facu y ahí estaba: apoyado en el auto, con las manos en los bolsillos, esperándome. Seguro que vio mi cara de estúpida mientras lo miraba. En serio, estaba muy enamorada de ese flaco.
Me acerqué y nos saludamos con un beso (En mi mente, te imagino leyendo esto y diciendo "Awww" en voz baja, ¿o no?). Muy lindo todo.
Fuimos a pasear un rato a una plaza cerca de ahí, y después a tomar algo a un bar. En serio, no me acuerdo cual era.
A eso de las nueve me dejó en casa:
— Te llamo en éstos días para salir, ¿si? —me dijo.
Y bueno, quedamos en que me llamaba en esos días. Le dí un beso, y me bajé del auto.
Entré a casa, me desvestí, y fui directo a la ducha. No había momento del día en el que no pensara en el. Creo que eso es lo mejor y peor del amor. Es hermoso saber que hay una persona por la cual darías tu vida, que te hace sentir bien, y por la que dejarías todo. Pero, es un poco enfermizo, ¿no?.. digo, tener la cabeza metida todo el día en alguien. Te vuelve estúpido. Y sí, es una sensación hermosa, de felicidad, satisfacción. Muchos dicen que se siente como "tocar el cielo con las manos", y no lo niego. Pero capaz que, si no viviésemos tanto en el cielo, y estuviéramos con los pies más en la tierra, aunque estemos enamorados, tal vez, Y SÓLO TAL VEZ, las relaciones durarían más. Porque, seamos realistas: un noviazgo del mundo real, no pega en un cuento de hadas. Y un amor de cuento de hadas, no pega en el mundo real. Hay cosas que encajan, y cosas que no.
Momento de reflexión. Capaz que dejé pensando a más de uno. Perturbo sus mentes a través de la pantalla.. mmm..
De vuelta al asunto.
Terminé de ducharme y me puse la remera que había usado durante el día, sólo porque tenía olor a su auto, olor a su ropa, olor a sus manos, olor a Pablo. Olor a Él. Me acuerdo como me dormí oliendo esa camiseta.
Y en ese momento, me sentía completa, como si fuera una princesa más de los cuentos, en un castillo de cristal. Era todo tan perfecto.
Y fue entonces, cuando mi castillo empezó a desmoronarse: Habían pasado tres semanas, y no había ni rastro de Pablo. Era como si nunca hubiese sido verdad, como si todo hubiera estado en mi cabeza. Estaba destruída. Lo extrañaba. Y él no aparecía.
Pablo era un recuerdo.
Fuimos a pasear un rato a una plaza cerca de ahí, y después a tomar algo a un bar. En serio, no me acuerdo cual era.
A eso de las nueve me dejó en casa:
— Te llamo en éstos días para salir, ¿si? —me dijo.
Y bueno, quedamos en que me llamaba en esos días. Le dí un beso, y me bajé del auto.
Entré a casa, me desvestí, y fui directo a la ducha. No había momento del día en el que no pensara en el. Creo que eso es lo mejor y peor del amor. Es hermoso saber que hay una persona por la cual darías tu vida, que te hace sentir bien, y por la que dejarías todo. Pero, es un poco enfermizo, ¿no?.. digo, tener la cabeza metida todo el día en alguien. Te vuelve estúpido. Y sí, es una sensación hermosa, de felicidad, satisfacción. Muchos dicen que se siente como "tocar el cielo con las manos", y no lo niego. Pero capaz que, si no viviésemos tanto en el cielo, y estuviéramos con los pies más en la tierra, aunque estemos enamorados, tal vez, Y SÓLO TAL VEZ, las relaciones durarían más. Porque, seamos realistas: un noviazgo del mundo real, no pega en un cuento de hadas. Y un amor de cuento de hadas, no pega en el mundo real. Hay cosas que encajan, y cosas que no.
Momento de reflexión. Capaz que dejé pensando a más de uno. Perturbo sus mentes a través de la pantalla.. mmm..
De vuelta al asunto.
Terminé de ducharme y me puse la remera que había usado durante el día, sólo porque tenía olor a su auto, olor a su ropa, olor a sus manos, olor a Pablo. Olor a Él. Me acuerdo como me dormí oliendo esa camiseta.
Y en ese momento, me sentía completa, como si fuera una princesa más de los cuentos, en un castillo de cristal. Era todo tan perfecto.
Y fue entonces, cuando mi castillo empezó a desmoronarse: Habían pasado tres semanas, y no había ni rastro de Pablo. Era como si nunca hubiese sido verdad, como si todo hubiera estado en mi cabeza. Estaba destruída. Lo extrañaba. Y él no aparecía.
Pablo era un recuerdo.
Página III.
El Sábado siguiente, habíamos arreglado con Silvia y Diana, una amiga que teníamos en común, de ir a un boliche en Barracas. Sinceramente, no era mi ambiente. No se, no me sentía cómoda.
Estaba con Diana en un momento, y nos acercamos a la barra para tomar algo. Y enseguida me preguntó por qué tenía mala cara.
— La semana pasada fuimos con Silvia a Barobar — le expliqué— , y conocimos a un flaco. Pablo se llama.
— Ah sí, Silvia me contó. Alto y castaño. Me comentó que, cuando entraron al bar, ella lo fichó rapidísimo, pero que al final había pegado onda con vos o algo así, y que se iban a ver el Domingo. Silvia me dijo que te pasó a buscar por la casa, pero que vos no habías ido porque no estabas interesada, ¿puede ser?
Mi cara se transformó. La bronca me subió hasta la punta de la frente. No me quiero imaginar como la debo haber mirado a Diana. Me llevaban los mil diablos.
Le expliqué lo que en realidad pasó a Diana. Se quedó helada. Me dijo que Silvia siempre había sido así de.. envidiosa, por así decirlo. Con mala leche.
— Si fue el Sábado pasado, capaz fue hoy también. ¿Nos tiramos el lance? — me dijo.
Y bueno, fuimos. Total, ¿qué perdíamos?
Salimos del boliche Diana y yo, y nos tomamos un taxi hasta el bar. Llegamos, y Diana tenía razón: Pablo estaba ahí, sentado al fondo, con un jean y una campera de cuero. Me acuerdo que sentí alivio y miedo a la vez. Miento, no era miedo: era BRONCA. Terrible bronca. Bronca porque Silvia, la que yo había considerado mi amiga, había intentado joderme.
Caminé a donde estaba Pablo, y Diana me seguía el paso. Lo miré, y le dije si podíamos salir a hablar.
Le conté lo que pasó. Creo que, desde ese momento, le tuvo un desprecio especial a mi "amiga". No le cayó nada bien. Y tenía razón. Se había ido con el auto hasta la casa de Silvia a buscarme, y encima le miente. Que mina envidiosa.
Hablamos y arreglamos las cosas:
— Bueno — me dijo —, vos saliste y ahora te viniste hasta acá para encontrarme y hablar. Quedó todo claro, y quedó todo bien. Pero todavía tenemos una salida pendiente, así que llamá a tu amiga y vamos al boliche ese donde estaban.
Y allá fuimos.
Llegamos y fuimos directo a la barra. Estuvimos un par de horas mas en el boliche. Sonaba una canción, cuyo nombre debería acordarme, porque fue especial. Pero, ya saben.. muchos años.
Estábamos en el medio del lugar, cuando me abrazó y me dijo lo linda que estaba, y me besó. Y aunque es una historia de amor, la historia de MI amor, no voy a dar muchos datos de lo que se sintió ese beso, porque me parece demasiado cursi. Sólo voy a decir que se sintió como estar en el lugar más hermoso del mundo, ese lugar que te da paz y felicidad. Tú lugar.
Después, Pablo dejó a Diana en su casa, y a mí en la mía.
— Te paso a buscar por la facu el Miércoles — me dijo.
Le dediqué una sonrisa, me besó, y me bajé del auto. Tardé horas en dormirme esa noche, pensando en lo que había pasado.
Pero, si hay algo que nunca voy a poder olvidar, es la cara de Silvia cuando nos vio juntos. Pero en realidad, no me importaba mucho.. no me importaba para nada. Porque Pablo sabía la verdad. Porque nos habíamos besado.
Y Él quería volver a verme.
Estaba con Diana en un momento, y nos acercamos a la barra para tomar algo. Y enseguida me preguntó por qué tenía mala cara.
— La semana pasada fuimos con Silvia a Barobar — le expliqué— , y conocimos a un flaco. Pablo se llama.
— Ah sí, Silvia me contó. Alto y castaño. Me comentó que, cuando entraron al bar, ella lo fichó rapidísimo, pero que al final había pegado onda con vos o algo así, y que se iban a ver el Domingo. Silvia me dijo que te pasó a buscar por la casa, pero que vos no habías ido porque no estabas interesada, ¿puede ser?
Mi cara se transformó. La bronca me subió hasta la punta de la frente. No me quiero imaginar como la debo haber mirado a Diana. Me llevaban los mil diablos.
Le expliqué lo que en realidad pasó a Diana. Se quedó helada. Me dijo que Silvia siempre había sido así de.. envidiosa, por así decirlo. Con mala leche.
— Si fue el Sábado pasado, capaz fue hoy también. ¿Nos tiramos el lance? — me dijo.
Y bueno, fuimos. Total, ¿qué perdíamos?
Salimos del boliche Diana y yo, y nos tomamos un taxi hasta el bar. Llegamos, y Diana tenía razón: Pablo estaba ahí, sentado al fondo, con un jean y una campera de cuero. Me acuerdo que sentí alivio y miedo a la vez. Miento, no era miedo: era BRONCA. Terrible bronca. Bronca porque Silvia, la que yo había considerado mi amiga, había intentado joderme.
Caminé a donde estaba Pablo, y Diana me seguía el paso. Lo miré, y le dije si podíamos salir a hablar.
Le conté lo que pasó. Creo que, desde ese momento, le tuvo un desprecio especial a mi "amiga". No le cayó nada bien. Y tenía razón. Se había ido con el auto hasta la casa de Silvia a buscarme, y encima le miente. Que mina envidiosa.
Hablamos y arreglamos las cosas:
— Bueno — me dijo —, vos saliste y ahora te viniste hasta acá para encontrarme y hablar. Quedó todo claro, y quedó todo bien. Pero todavía tenemos una salida pendiente, así que llamá a tu amiga y vamos al boliche ese donde estaban.
Y allá fuimos.
Llegamos y fuimos directo a la barra. Estuvimos un par de horas mas en el boliche. Sonaba una canción, cuyo nombre debería acordarme, porque fue especial. Pero, ya saben.. muchos años.
Estábamos en el medio del lugar, cuando me abrazó y me dijo lo linda que estaba, y me besó. Y aunque es una historia de amor, la historia de MI amor, no voy a dar muchos datos de lo que se sintió ese beso, porque me parece demasiado cursi. Sólo voy a decir que se sintió como estar en el lugar más hermoso del mundo, ese lugar que te da paz y felicidad. Tú lugar.
Después, Pablo dejó a Diana en su casa, y a mí en la mía.
— Te paso a buscar por la facu el Miércoles — me dijo.
Le dediqué una sonrisa, me besó, y me bajé del auto. Tardé horas en dormirme esa noche, pensando en lo que había pasado.
Pero, si hay algo que nunca voy a poder olvidar, es la cara de Silvia cuando nos vio juntos. Pero en realidad, no me importaba mucho.. no me importaba para nada. Porque Pablo sabía la verdad. Porque nos habíamos besado.
Y Él quería volver a verme.
Página II.
Al otro día me fui temprano a casa, a eso de las once de la mañana. Llegué, comí, y me puse un jean con unas botas. Cómoda, como siempre. Como ya dije, pasó mucho tiempo, así que no me acuerdo cada detalle. Pero seguro me puse una camisa. Era mi forma de vestir.
Habíamos quedado en vernos a eso de las siete. Eran las seis y cuarto cuando llegué a la estación de Burzaco. Tenía cuarenta y cinco minutos para llegar a la casa de Silvia. Estaba con el tiempo justo.
Quince minutos después llegó el tren. Me acuerdo perfectamente como era la estación en ese entonces: igual que ahora, aunque más limpia, y con menos olor a orín. Desagradable.
Cinco minutos antes de las siete, llegué a Constitución. No era tarde.. era TARDÍSIMO.
Apenas me bajé del tren, corrí por toda la estación buscando un teléfono público. Creo que debo haber sido el hazmereír de toda la estación. Por suerte encontré uno rápido.
Marqué el número de Silvia con toda rapidez, porque claro.. en ese entonces, no existían los celulares. Y si hubiesen existido, con lo inútil que soy yo para la tecnología, no hubiera aprendido a usarlos.
Después de un par de segundos, Silvia atendió del otro lado:
— ¿Hola?
— Silvia, — dije con tono agitado— ¿Pablo ya llegó?
— No, todavía no.. ¿por qué?
— Se me hizo tarde, estoy en Constitución, yendo a esperar el colectivo. Cuando vaya, avisale que me retrasé, que me espere abajo.
— Dale, no hay problema — y después colgó.
Un poco más aliviada, salí de la estación a esperar el colectivo, que llegó cinco minutos después.
Llegué a lo de Silvia, y para mi sorpresa, Pablo no estaba. Eran siete y cuarto, y ya tendría que haber llegado. "Se retrasó.." pensé. Aunque en realidad, el tráfico estaba bastante ligero, y él venía en auto. Pero eso no significaba nada, ¿o sí?
Llamé al interno de Silvia, y pasé al edificio.
Subí hasta su departamento en el ascensor, y Silvia me abrió. Me estaba esperando con una taza de café caliente. Hacía frío en ese entonces, y una taza de café venía bastante bien.
Charlamos un rato largo, pero yo le prestaba especial atención al reloj.
Se hicieron las ocho y media, y Pablo nunca llegó.
— Silvia, — dije con tono agitado— ¿Pablo ya llegó?
— No, todavía no.. ¿por qué?
— Se me hizo tarde, estoy en Constitución, yendo a esperar el colectivo. Cuando vaya, avisale que me retrasé, que me espere abajo.
— Dale, no hay problema — y después colgó.
Un poco más aliviada, salí de la estación a esperar el colectivo, que llegó cinco minutos después.
Llegué a lo de Silvia, y para mi sorpresa, Pablo no estaba. Eran siete y cuarto, y ya tendría que haber llegado. "Se retrasó.." pensé. Aunque en realidad, el tráfico estaba bastante ligero, y él venía en auto. Pero eso no significaba nada, ¿o sí?
Llamé al interno de Silvia, y pasé al edificio.
Subí hasta su departamento en el ascensor, y Silvia me abrió. Me estaba esperando con una taza de café caliente. Hacía frío en ese entonces, y una taza de café venía bastante bien.
Charlamos un rato largo, pero yo le prestaba especial atención al reloj.
Se hicieron las ocho y media, y Pablo nunca llegó.
Página I.
Todo libro, contiene una historia. Y cada historia, es una vida. Éste fragmento de mi libro, no es parte de mi historia.. o tal vez sí. Pero, no lo es de forma directa.
-
Mayo, 1979.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Restaurante Bar o Bar (Bárbaro).
Creo que tengo que empezar. Aclaremos primero que mi redacción no es la mejor. No me dedico a escribir, ni nada por el estilo. Solo lo hago por placer.
Mi nombre es Adriana, y tengo diecinueve años. Ésta es la historia del amor de mi vida. No, no me casé con él, y aunque tengo una hija hermosa, no es suya. Pero sé que él fue el amor de mi vida. Pablo.
Era un Sábado de 1979. Silvia y yo habíamos arreglado para salir a la noche a un bar en Retiro, cerca de su casa. Yo estaba abajo, sentada en el sillón del living, esperando a que ella terminara de cambiarse. Mentiría si dijera como iba vestida yo. Ya pasaron 36 años desde esa noche, y mi memoria falla.
Después de un rato, bajó lista para que nos fuéramos. Salimos hasta la vereda, y esperamos a que pasara un taxi. Llegamos al lugar veinte minutos después de eso.
Entramos. Pink Floyd sonaba de fondo, y había una niebla leve producida por el humo de los cigarrillos y los habanos que la gente fumaba. Era la primera vez que íbamos. Mesas cuadradas de madera, con sillas de almohadones color carmín. Un barril de maní en cada esquina de la barra de tragos, y tres chopperas de cerveza. Pasamos derecho al fondo, subiendo tres escalones. Nos sentamos en una de las mesas del medio. El lugar no estaba muy lleno en realidad.
— Hay un flaco que vi apenas entramos, divino. Cuando nos vamos te lo muestro — me dijo Silvia.
Yo le sonreí.
Minutos después vino el mozo. Pedimos una Stella Artois cada una. Silvia me contaba de su clase de natación, y algo de un estilo de nado que, sinceramente, no me acuerdo. En primer lugar, porque ya pasaron muchos años. Y en segundo, porque tenía una distracción en segundo plano: un flaco alto, de aproximadamente 1,70mts., flaquito, de tez blanca, con ojos marrones y pelo castaño oscuro con rulos casi hasta los hombros. Tenía pinta, y no me sacaba los ojos de encima. Me sonrió. Le sonreí, sonrojada, mientras tomaba un trago de cerveza.
La hora siguiente fue parecida, con sonrisas dedicadas en silencio entre los dos. Ya eran las dos de la mañana, y teníamos que irnos.
— ¿Vamos? — le dije a Silvia.
Ella asintió con la cabeza, mientras tomaba un trago de cerveza.
Le dediqué una mirada al chico del fondo, que se ve que me había escuchado cuando la apuré a Silvia, o pudo leerme los labios, que se yo. Ahora, fui yo la que se los leyó a él: Te llevo yo.
Me paralicé por un segundo. "Te llevo yo" volvió a decir. Me acuerdo como sonreí.
La verdad es que no me acuerdo qué pasó en el medio de la situación. Sólo me acuerdo de mí, sentada en el asiento del acompañante, al lado del chico castaño. Silvia iba en el asiento de atrás, con otro muchacho, amigo del chico castaño.
Llegamos a lo de Silvia, que bajó primera del auto.
— Te paso a buscar mañana por acá, ¿dale? — me preguntó. Yo asentí y él agregó—: Soy Pablo, por cierto.
— Adriana..— le respondí.
Cerré la puerta del auto, y entramos a la casa de Silvia.
-
Mayo, 1979.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Restaurante Bar o Bar (Bárbaro).
Creo que tengo que empezar. Aclaremos primero que mi redacción no es la mejor. No me dedico a escribir, ni nada por el estilo. Solo lo hago por placer.
Mi nombre es Adriana, y tengo diecinueve años. Ésta es la historia del amor de mi vida. No, no me casé con él, y aunque tengo una hija hermosa, no es suya. Pero sé que él fue el amor de mi vida. Pablo.
Era un Sábado de 1979. Silvia y yo habíamos arreglado para salir a la noche a un bar en Retiro, cerca de su casa. Yo estaba abajo, sentada en el sillón del living, esperando a que ella terminara de cambiarse. Mentiría si dijera como iba vestida yo. Ya pasaron 36 años desde esa noche, y mi memoria falla.
Después de un rato, bajó lista para que nos fuéramos. Salimos hasta la vereda, y esperamos a que pasara un taxi. Llegamos al lugar veinte minutos después de eso.
Entramos. Pink Floyd sonaba de fondo, y había una niebla leve producida por el humo de los cigarrillos y los habanos que la gente fumaba. Era la primera vez que íbamos. Mesas cuadradas de madera, con sillas de almohadones color carmín. Un barril de maní en cada esquina de la barra de tragos, y tres chopperas de cerveza. Pasamos derecho al fondo, subiendo tres escalones. Nos sentamos en una de las mesas del medio. El lugar no estaba muy lleno en realidad.
— Hay un flaco que vi apenas entramos, divino. Cuando nos vamos te lo muestro — me dijo Silvia.
Yo le sonreí.
Minutos después vino el mozo. Pedimos una Stella Artois cada una. Silvia me contaba de su clase de natación, y algo de un estilo de nado que, sinceramente, no me acuerdo. En primer lugar, porque ya pasaron muchos años. Y en segundo, porque tenía una distracción en segundo plano: un flaco alto, de aproximadamente 1,70mts., flaquito, de tez blanca, con ojos marrones y pelo castaño oscuro con rulos casi hasta los hombros. Tenía pinta, y no me sacaba los ojos de encima. Me sonrió. Le sonreí, sonrojada, mientras tomaba un trago de cerveza.
La hora siguiente fue parecida, con sonrisas dedicadas en silencio entre los dos. Ya eran las dos de la mañana, y teníamos que irnos.
— ¿Vamos? — le dije a Silvia.
Ella asintió con la cabeza, mientras tomaba un trago de cerveza.
Le dediqué una mirada al chico del fondo, que se ve que me había escuchado cuando la apuré a Silvia, o pudo leerme los labios, que se yo. Ahora, fui yo la que se los leyó a él: Te llevo yo.
Me paralicé por un segundo. "Te llevo yo" volvió a decir. Me acuerdo como sonreí.
La verdad es que no me acuerdo qué pasó en el medio de la situación. Sólo me acuerdo de mí, sentada en el asiento del acompañante, al lado del chico castaño. Silvia iba en el asiento de atrás, con otro muchacho, amigo del chico castaño.
Llegamos a lo de Silvia, que bajó primera del auto.
— Te paso a buscar mañana por acá, ¿dale? — me preguntó. Yo asentí y él agregó—: Soy Pablo, por cierto.
— Adriana..— le respondí.
Cerré la puerta del auto, y entramos a la casa de Silvia.
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