Todo libro, contiene una historia. Y cada historia, es una vida. Éste fragmento de mi libro, no es parte de mi historia.. o tal vez sí. Pero, no lo es de forma directa.
-
Mayo, 1979.
Retiro, Ciudad de Buenos Aires.
Restaurante Bar o Bar (Bárbaro).
Creo que tengo que empezar. Aclaremos primero que mi redacción no es la mejor. No me dedico a escribir, ni nada por el estilo. Solo lo hago por placer.
Mi nombre es Adriana, y tengo diecinueve años. Ésta es la historia del amor de mi vida. No, no me casé con él, y aunque tengo una hija hermosa, no es suya. Pero sé que él fue el amor de mi vida. Pablo.
Era un Sábado de 1979. Silvia y yo habíamos arreglado para salir a la noche a un bar en Retiro, cerca de su casa. Yo estaba abajo, sentada en el sillón del living, esperando a que ella terminara de cambiarse. Mentiría si dijera como iba vestida yo. Ya pasaron 36 años desde esa noche, y mi memoria falla.
Después de un rato, bajó lista para que nos fuéramos. Salimos hasta la vereda, y esperamos a que pasara un taxi. Llegamos al lugar veinte minutos después de eso.
Entramos. Pink Floyd sonaba de fondo, y había una niebla leve producida por el humo de los cigarrillos y los habanos que la gente fumaba. Era la primera vez que íbamos. Mesas cuadradas de madera, con sillas de almohadones color carmín. Un barril de maní en cada esquina de la barra de tragos, y tres chopperas de cerveza. Pasamos derecho al fondo, subiendo tres escalones. Nos sentamos en una de las mesas del medio. El lugar no estaba muy lleno en realidad.
— Hay un flaco que vi apenas entramos, divino. Cuando nos vamos te lo muestro — me dijo Silvia.
Yo le sonreí.
Minutos después vino el mozo. Pedimos una Stella Artois cada una. Silvia me contaba de su clase de natación, y algo de un estilo de nado que, sinceramente, no me acuerdo. En primer lugar, porque ya pasaron muchos años. Y en segundo, porque tenía una distracción en segundo plano: un flaco alto, de aproximadamente 1,70mts., flaquito, de tez blanca, con ojos marrones y pelo castaño oscuro con rulos casi hasta los hombros. Tenía pinta, y no me sacaba los ojos de encima. Me sonrió. Le sonreí, sonrojada, mientras tomaba un trago de cerveza.
La hora siguiente fue parecida, con sonrisas dedicadas en silencio entre los dos. Ya eran las dos de la mañana, y teníamos que irnos.
— ¿Vamos? — le dije a Silvia.
Ella asintió con la cabeza, mientras tomaba un trago de cerveza.
Le dediqué una mirada al chico del fondo, que se ve que me había escuchado cuando la apuré a Silvia, o pudo leerme los labios, que se yo. Ahora, fui yo la que se los leyó a él: Te llevo yo.
Me paralicé por un segundo. "Te llevo yo" volvió a decir. Me acuerdo como sonreí.
La verdad es que no me acuerdo qué pasó en el medio de la situación. Sólo me acuerdo de mí, sentada en el asiento del acompañante, al lado del chico castaño. Silvia iba en el asiento de atrás, con otro muchacho, amigo del chico castaño.
Llegamos a lo de Silvia, que bajó primera del auto.
— Te paso a buscar mañana por acá, ¿dale? — me preguntó. Yo asentí y él agregó—: Soy Pablo, por cierto.
— Adriana..— le respondí.
Cerré la puerta del auto, y entramos a la casa de Silvia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario