Página VII.

 No quiero contar mucho de la charla. No porque sea algo íntimo (aunque lo es), sino porque me trae recuerdos tristes. Lo que sí puedo confirmarte, querido lector, que ese negocio "turbio" en el que Pablo estaba, era ese que se te vino a la cabeza cuando leíste la página anterior: Pablo andaba en algo relacionado con la droga. No, no consumía. Lo sé. Sino que era el "camello". Se me heló la sangre cuando lo vi asentir con la cabeza ante mi pregunta. Me dolió mucho el pecho, aunque no estaba muy segura de por qué. Era miedo, por saber que yo estaba al lado de alguien como él. Eran nervios por no saber que era lo que en realidad le había pasado. Era tristeza, por saber que él no era una mala persona, sino una buena persona en un mal negocio. Creo que en ese momento me dieron muchas ganas de desmayarme. No sabía que hacer tampoco. No sabía si abrazarlo, si llorar, si gritarle, o irme corriendo. ¿Cómo se reacciona ante algo como eso?
 Me tranquilicé y hablamos del tema. Como dije antes, no voy a contar sobre la charla, porque también sería develar cosas sobre su privacidad. Y aunque su identidad no está revelada en éste escrito, no me siento cómoda exponiéndolo de esa forma. Después de todo, yo lo amaba. Profundamente.

 Estuvimos ahí sentados un buen rato, hablando, aclarando las cosas.

— ¿Vamos yendo? — me preguntó.
— Sí.. ¿a dónde vamos?
— Vos venís a casa, conmigo —.

 Y bueno.. fuimos. Lógicamente no voy a hablar de esa noche porque, por favor, nadie con un poco de sentido común lo haría. O tal vez sí, pero, teniendo en cuenta que esta historia es real, y es mía, es sacar a la luz mi intimidad, y la de Pablo.. así que preferiría que quedara en manos de su poderosa imaginación.

 Al día siguiente nos despertamos, y yo me encargué de hacer el desayuno. A las once cursaba, así que tuve que hacer medianamente rápido el asunto de las tostadas y el café con leche.
Pablo me llevó a la facultad. Eran un par de horas igual.

— ¿A qué hora salís? — me preguntó.
— A las tres, pero almuerzo acá creo — le respondí —. Tenemos que estudiar un par de apuntes.
— Te paso a buscar cuatro y media y vamos a tomar algo.

 Asentí. Nos saludamos, y entré a la facultad.




 Las horas se me pasaron bastante rápido dentro de todo. Teníamos que juntarnos con Diana y los chicos a revisar un par de cosas para un final en la cafetería, pero todo muy por encima.
Se hicieron las cuatro y media y, como había prometido, Pablo estaba con su auto en la puerta de la facultad. Había ido con el amigo de la vez pasada, Francisco. Me caía bastante bien igual.. por lo que habíamos hablado. Me refiero a que no me molestaba su presencia entre Pablo y yo.
Fuimos a un bar un poco alejado de la facultad. Aunque a mi no me importaba lo que el resto pensara, no me disgustaba el hecho de no andar con Pablo cerca de la facultad. Así no había nadie que (y perdón por la expresión tan vulgar..) me rompiera las pelotas con el asunto de que Pablo era "mala influencia".
Estuvimos ahí poco más de una hora. Después nos subimos al auto y agarramos Av. 9 de Julio.

 Pablo iba manejando, yo en el asiento del acompañante, y Francisco atrás. Cinco minutos después de entrar en la avenida, nos paró un patrullero. Estaban con perros que usaban para olfatear. Fue una de las peores situaciones que tuve que vivir.

— Bájense del auto, por favor — nos indicó el oficial de policía.

 Por supuesto, bajamos. Nos hicieron abrir el baúl, y ahí fue cuando me empecé a poner nerviosa. Uno delos oficiales no me sacaba los ojos de encima. Mientras tanto, los perros olfateaban el auto por todos lados. Pablo me abrazó.

— Va a estar todo bien, tranquila — me dijo. Y eso no sirvió para nada. Si me tranquilizaba era porque algo me tenía que poner nerviosa. Y si tenía que estar nerviosa, era porque en realidad sí había algo en el auto.
Después de unos diez minutos (los más largos de mi vida), nos dejaron ir.

— La sufrí, te juro por Dios que pensé que se iba todo al carajo — dijo Francisco.

Pablo me miró como disculpándose en silencio. Me limité a mirar al frente hasta que Francisco se bajara en su casa, y no emití sonido hasta entonces.

Diez minutos después, estábamos solos. Eran eso de las siete de la tarde. Pablo me miraba de vez en cuando, con los ojos colmados de tristeza. Estaba nervioso, asustado, preocupado y triste. Se notaba en como tensaba las rodillas, como agarraba el volante, en su respiración, y como miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto.
Estacionamos a unas cuadras de mi casa.

— Perdoname — me dijo —. Se que fue una situación horrible, y te prometo que no va a volver a pasar. Quiero cuidarte y que estés bien. Te amo, y te prometo que no va a volver a pasar algo así.

Estaba peor que yo. Se sentía responsable y, aunque lo era, no quería que se sintiera una basura. Lo abracé, lo besé, y lo tranquilicé. Me dedicó una de sus sonrisas que esconden un "te quiero" en los hoyuelos, y arrancó el auto de nuevo. Paramos en la puerta de mi casa, lo cual me llamó bastante la atención, pero no le hice comentario alguno.
Me agarró la cara, me dio un beso profundo, y me miró a los ojos:

— Sos lo más importante que tengo — me dijo —. Te prometo que no va a volver a pasar. Te quiero, te quiero muchísimo. 

Me abrazó fuerte y me besó la frente. Le sonreí, y me bajé del auto. Esperó a que entrara y, como siempre, lo saludé desde el lado de adentro, a través de la ventana. "Te amo" me dijo, y arrancó el auto.

Fue la última vez que lo ví.

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