Pablo estaba ahí, había vuelto. Me acuerdo como se me empezaron a caer las lágrimas. Empecé a caminar cada vez más rápido. Quería sentirlo cerca mío, abrazarlo, oler su perfume otra vez. Eran apenas tres metros, pero me resultaban eternos. Hasta que lo sentí. Me largué a llorar con mucha fuerza mientras lo abrazaba. Era lindo y raro a la vez. Me había acostumbrado a jugar con su pelo, y ahora era demasiado corto. Sabía que lo habían lastimado. "Te extrañé" me decía. Y yo también, pero del llanto no podía ni hablar. Lo había extrañado tanto.
Me acuerdo como me agarró la cara y me dio un beso:
— Te extrañé mucho. No llores más — me dijo —, por favor.
Le sonreí y lo volví a abrazar. Todo estaba completo de nuevo.
Nos subimos al auto y fuimos a un bar a tomar un café. Obviamente lo llené de preguntas, pero en realidad no me quiso contar nada. Se ponía nervioso cada vez que le tocaba el tema de por qué había desaparecido así, entonces creí que era mejor dejar de interrogarlo. Si en realidad le había pasado algo malo, lo que menos necesitaba en ese momento era que yo jugara a ser Sherlock Holmes con mis dudas y mis reclamos. Además, podía ser muy insoportable e insistente, tanto cuando me lo proponía como cuando no.
— Quedate conmigo hoy — me pidió —. Vamos a cenar, si queres salimos a algún lado, y después te quedas conmigo.
Quería ir.. pero tenía que mentir. Porque, aunque tuviera diecinueve, vivía con mis papás. Y la casa era suya, por ende, tenía que avisar a dónde iba, para que más o menos estuviesen al tanto de mis movimientos y de dónde estaba.
Cuestión que le dije que sí. Total.. después de meses de no verlo, creo que me lo merecía, ¿no? Tomamos el café y me dejó en la esquina de casa. Tenía que planear más o menos qué decir, hacer toda una pantalla. Y Diana fue la primera que se me ocurrió. La llamé, le expliqué todo, y me cubrió. De última, si llamaban a la casa y yo no estaba, podían decir que seguía durmiendo y listo.
Agarré el bolso y metí un par de apuntes, así parecía que iba a estudiar con ella o algo parecido. Que se yo, era chica y era lo que se me ocurría. Me cambié y arreglé las cosas.
Pablo pasó por la estación de Burzaco a eso de las nueve. Fuimos a cenar a Trote, un restaurante en Adrogué, y nos quedamos hasta eso de las once, doce. Hablamos de todo, más que nada sobre las historias de vida de cada uno. Pero yo no me olvidaba de lo que había pasado. Y necesitaba saber. No podía no pensar en eso.
— Es complicado.. — me explicó —. Es una situación fea, difícil y peligrosa de la que no quiero que formes parte. Por tu bien. No quiero que te pase nada.
Y ahí lo entendí.
Una vez, antes de que Pablo desapareciera, estaba en la cafetería con los chicos. Mi grupo eran Diana, Emilia, Cecilia, Juan Manuel, y Francisco.
Estabamos picando algo, antes de cursar de nuevo, y no Fran me preguntó por Pablo. La conversación fue algo así.
— ¿Así que andás con Pablo Varela? — me dijo —. Cuidate de ese flaco.
— ¿Por qué? — le pregunté.
— Es jodido. Osea, no es mal flaco, al contrario. Por lo que sé, es buen tipo. Pero es.. turbio. Anda en una movida turbia. Por eso, cuidate.. fijate. No te conviene.
Reaccioné del trance.
— Pablo, ¿dónde estuviste? — le pregunté, ya un poco inquieta.
No me contestó. No despegaba la mirada del piso. Estaba nervioso, asustado.
— Pablo, ¿estuviste preso?
Me miró fijo a los ojos, y lo supe. A Pablo no lo habían secuestrado. No lo habían lastimado.
Pablo había estado preso.
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