Entré en la galería, casi arrastrando los pies. Vidrieras a ambos lados, con ropa de diferentes tamaños y adornos de diversas clases. El silencio invadía el lugar, como si el tiempo se hubiese frenado o algo por el estilo. Y, como si nada, un rechinido algo agudo, comenzó a sonar. Me frené por un segundo, intentando adivinar si era mi imaginación o si en realidad ese sonido existía. Caminé hasta el pequeño patio, siguiendo el ruido que cada vez se volvía más intenso. Me frené justo en la barrera que lo separaba del camino, dirigiendo la vista a una de las hamacas.
Una nena, de unos ocho años, se movía con el vaivén del columpio. Era de baja estatura, con piel blanca, y el pelo enrulado castaño rojizo que le llegaba casi hasta la cintura, adornado con una vincha color marfil. Llevaba puestas unas botas color marron, un pantalón de jean y un sweater rosa. Me dedicó una amplia sonrisa, de esas tan llenas de pureza y bondad como sólo un niño puede entregar. Se la devolví con algo de nostalgia, apoyando mi peso sobre mis manos en la barrera, observando como se balanceaba.
— ¿Estás sola? — pregunté, siguiéndola con la mirada.
La nena se limitó a negar con la cabeza, antes de bajarse de la hamaca de un pequeño salto, pateando las piedritas del suelo con la punta de sus botas.
Unos segundos después, estaba junto a mí, con esa sonrisa ingenua de siempre. Me puse de cuclillas, poniéndome así a su altura.
— ¿No te dijeron que no hables con desconocidos?
La chiquita se rió llevándose la mano a la boca, tomando una de las mías con la que le quedó libre.
Caminamos hasta el bar de la galería, a sólo unos pasos del patio anterior. Soltó mi mano y disparó hacia uno de los asientos, donde se trepó con agilidad. Llevó sus manitas debajo de sus muslos, presionándolas contra la madera de la silla, balanceando las piernas en el aire, que no llegaban a tocar el suelo.
Me senté frente a ella, recorriendo el lugar con la mirada.
— Está cerrado — comenté.
Ese bar llevaba cerrado varios meses. Los vidrios, a través de los cuales solían verse personas de diversas edades charlando, disfrutando algún café, ahora estaban cubiertos por papel madera. A decir verdad, me sorprendía que hubiese mesas afuera. Observé a la niña frente a mí, frunciendo los labios ante la falta de respuesta.
Giré la cabeza hasta ver la puerta, la cual se abrió para dejar paso libre a un hombre mayor, canoso, con una libreta y una lapicera. Nos saludó con un gesto amable, y nos pidió la orden.
— Todavía no — dijo la nena rápidamente, negando con la cabeza. Como si fuese una orden, el mozo se fue.
Miré a mi compañera, con el ceño fruncido, extrañada por su actitud. Me recliné en mi silla, analizándola detenidamente.
— Yo quiero una chocolatada.
— Y yo un café — respondí.
La nena me miró a los ojos, con una expresión de tristeza mezclada con decepción, de esas que aparecen cuando algo que nunca creíste que sucedería, lo hace. Me encogí de hombros, sin saber en realidad qué decir.
— Yo quiero una chocolatada — repitió —. Me gusta la chocolatada. Pero mamá no me deja ponerle azucar. Dice que el chocolate ya tiene azucar.
Solté una risa casi inaudible, recordando esas mismas palabras muchos años atrás.
— Y... ¿cómo te va en el colegio?
La nena se llevó las manos a la cara, cubriéndosela casi por completo, dejando un espacio con los dedos corazón y anular de cada mano para así mostrar sus ojos. Rió con timidez, sacudiéndose un poco.
— El viernes estuve en penitencia por hablar en el salón — confesó —. Pero mami no sabe. Nunca le digo cuando me ponen en penitencia. Siempre dice que me va a dar un chirlo y me da miedo.
La nena bajó la mirada, algo avergonzada. Solté un suspiro, recordando cuando era yo a la que ponían en penitencia. Tampoco le contaba a mi mamá... cuando todavía tenía contacto con ella.
— A ver... contame. Decime cómo te llamás, cuántos años tenés...
La nena negó con la cabeza una vez más, evitando mis preguntas. Bufé algo molesta, pero cerré los ojos para calmarme. Tenía que tener paciencia. Era una nena chiquita y, después de todo, yo era una desconocida.
Ladeé la cabeza, en busca de algo más que preguntar.
— ¿Tenés juguetes?
— Sí — dijo antes de sacar un león de peluche y ponerlo sobre la mesa —. El es Cobu. Me lo regalaron hace unos días. Lo compré con mamá en una librería.
Mi rostro tomó una expresión de espanto mezclada con confusión. Llevé la mirada de la niña al peluche, para devolvérsela a ella unos segundos después. Tragué grueso, intentando comprender lo que estaba pasando, y articulé algunas palabras.
— Vos...
— Yo se que escribís — me interrumpió —. Yo también escribo. Tengo un cuaderno. Cuando fuimos a Miramar con mamá y papá hice algunos cuentos.
Me acordaba de esos cuentos perfectamente. Era enero, y habíamos alquilado con mis papás un departamento cerca de la playa. Se venían unos días con lluvia, y no tuvieron mejor idea que comprarme un cuaderno y un juego de generala para matar el tiempo. Usé todo ese cuaderno en el verano.
Saqué un paquete de cigarrillos del bolsillo de mi campera, llevándome uno a los labios. La nena me miró con mala cara, frunciendo el ceño como si estuviese ofendida.
— Mamá y papá fuman. Yo siempre les escondo los cigarrillos. No deberías fumar.
Rodé los ojos ante su comentario, algo impaciente. Nunca creí que pudiese ser tan molesta cuando me lo proponía. En realidad, nunca pensé que pudiera llegar a ver lo molesta que era de chica.
— ¿Te llevás bien con tu mamá y tu papá?
La nena se encogió de hombros, haciendo una mueca con los labios antes de responder.
— A veces pelean. Se gritan un poco pero me dicen que me vaya a mi cuarto. Duermo con mamá cuando papá no está. Siempre llega tarde.
En ese entonces, mi papá estaba en la facultad todavía. Llegaba a casa a eso de las once, y yo me dormía con mi mamá en su cama después de comer.
— ¿Los querés?
— Los amo — respondió.
Un gusto amargo me llenó la boca. Era tan ingenua y pura. ¿Cómo se le explica a una nena de ocho años que sus propios padres van a decepcionarla? ¿Cómo advertirle de la decepción que iba a llevarse en algunos meses? ¿Cómo decirle que iban a dejarla, desilusionarla y lastimarla? No hay forma de explicar a una nena de ocho años, cuyos padres son su vida entera, que se iba a quedar sola.
Le sonreí de lado, aceptando su respuesta... de alguna forma.
— ¿Y tus abuelos? ¿Los querés también?
— Sip — contestó en tono melódico —. Abu siempre me lee cuentos o me hace tortas, y Coco juega conmigo a las cartas. No me quiere enseñar a jugar al truco porque dice que es para hombres. No lo entiendo.
Negué con la cabeza, pensando: «Ay Coco, si supieras la falta que me hizo saber jugar al truco en algunos recreos».
— Yo tampoco — respondí —. ¿Tenés amigos?
La nena asintió, dándome algunos nombres de personas cuyas imágenes no venían a mi mente hacía años. Ese sabor amargo volvió a mí, generándome un nudo en el estómago. La iban a usar, la iban a engañar y la iban a traicionar. Iban a jugar con ella, e incluso hacerle maldades que parece increíble que salgan de la mente de un nene. Es asombroso como un nene puede cambiar de actitud dependiendo de como lo guíen, como ese amor se puede volver odio y resentimiento, como la pureza se puede volver egoísmo. La falsedad y la mentira eran dos cosas que iba a tener que afrontar, de las formas más duras que la vida podía formular.
Y es que, es imposible tener la fortaleza de pinchar la burbuja de un nene. Porque están llenos de esperanza, de virtudes, de ganas de vivir. Todo eso se pierde a lo largo de los años, a medida que crecemos. Pero resulta inevitable. Las prioridades cambian, las sumas de un cuaderno se vuelven facturas de luz y gas, los cuentos se vuelven diarios con malas noticias, y el mundo de a poco se va convirtiendo en algo más horrible, pero también más real. Y, ¿cómo se le pide a un niño que deje de creer, de tener imaginación? Si es gracias a eso que el mundo crece. Porque así como se necesita una gran imaginación para crear la bomba atómica, también se la necesita para descubrir la cura del cáncer. ¿Cómo darle un golpe de realidad a algo tan escaso como la pureza de un nene?
Pensé por un segundo en decirle todo, en abrirle los ojos para que viese que el mundo no es el cuento que ella creé. Justo antes de abrir la boca, lo volví a meditar. Pensé en mí, en quién soy. En que, tal vez, si hubiese sabido lo que me esperaba por delante, no hubiese reaccionado como lo hice, y no sería quien soy ahora. Porque cada acción tiene una reacción, y todo tiene un porqué.
Por primera vez, podía decirme a mí misma qué cosas cambiar para sufrir menos, qué cosas corregir para no tener que tolerar las consecuencias de esos errores. Pero no iba a hacerlo. Porque todo eso, me hizo quien soy ahora. Y me gusta ser quien soy.
El mozo volvió una vez más, con su libreta y su lapicera. Nos dedicó una sonrisa a ambas, y nos hizo la misma pregunta que la última vez.
— ¿Chocolatada? — le pregunté a mi compañera.
— Chocolatada por favor — le respondió al hombre.
—
Fue entonces cuando lo entendí. Que todo pasa por algo. Que cada momento que vivimos y hacemos, es historia. Tal vez no esté en libros, o no ganemos un premio por eso. Pero soy especial, y vos también, y cualquiera que lea o no lea esto, lo es. Y no cambiaría nada de lo vivido, sólo para asegurarme de que esa nena que tenía frente a mí, se convirtiera en lo que soy.
Siempre tenes esa forma, particular de abrir los ojos de la gente que llega a leer esto. O al menos eso me pasa a mi. Disfruto leer, cada palabra que puedo llegar a encontrar acá. Espero que sigas haciendo esto, yo estoy acá para leerlo.
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